domingo, 9 de janeiro de 2022

El Voudou Haitiano


"Sólo podría creer en un dios que supiera bailar, decía Zaratustra. En Haití, los dioses bailan en los corazones y los tambores suenan día y noche. En Haití, los tambores simbolizan el Voudou y el Voudou es sinónimo de vida. "Tocar el tambor" no sólo significa cantar y bailar sino también celebrar un culto. Ser Voudou no sólo implica una creencia en los espíritus, sino también una profunda impregnación por lo sagrado del menor detalle de la existencia."


Los Espíritus o "Vaduns", arrancados del suelo africano en el siglo XVII con los primeros contingentes de esclavos negros y transportados de un extremo al otro del océano durante más de dos siglos, constituyen la trama secreta de un país que ha sufrido continuamente sangrientas guerras, las líneas de fuerza Invisibles que rigen el comportamiento del 98 % de la población. El voudou no es más que una partícula de Africa trasplantada, integrada, transformada y recreada en el transcurso de la Historia. En otras palabras, el voudou presenta un doble aspecto: el aspecto no modificado de sus orígenes y el aspecto dinámico de su evolución. Entre ambos se ha producido la influencia de un catolicismo intolerante (1) que ha producido una aparente mestización de dos religiones tan cercanas como alejadas una de otra.


LOS ESPÍRITUS O LOAS INTERCEDEN ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA


El Voudou, originario de Dahomey, es el culto de los espíritus o loas, seres sobrenaturales y omnipotentes, intermediarios indispensables entre Dios y los hombres, entre el cielo y la tierra. En efecto, Dios que hace que los astros permanezcan juntos y que se halla en toda la creación, se confunde en el Universo con una entidad impersonal demasiado vaga para poder invocarse y demasiado lejana para ser temida. El Voudou es pues una religión de dios único y de fuerte panteísmo (2). Sólo los Loas pueden decidir la suerte de los hombres, pasar de lo invisible a lo visible y manifestar su cólera o su alegría en forma tangible. Sólo de los Loas dependen el Bien y el Mal, las enfermedades y la muerte, la lluvia o el buen tiempo, y las peores calamidades no son más que las consecuencias lógicas de una mala conducta para con ellos. Conviene pues honrarlos suficientemente y servirlos con respeto y sumisión. Por consiguiente se suceden los ritos y servicios durante los cuales los dioses invocados "cabalgarán" a los oficiantes o a cualquier otra persona que elijan, se expresarán por sus bocas y reclamarán las ofrendas que deseen. En toda ceremonia voudou, sea cual fuera su importancia, se superponen tres planos: invocación a los dioses, llegada de los dioses, sacrificios y ofrendas a los dioses.


“Tu cabeza arderá y tu pie se quebrará bajo tu cuerpo. Espera que descienda el Espíritu.” Las cabezas cantan, los pies están desnudos y los cuerpos vestidos de blanco apenas se mueven. Los "Vevés" esperan en el suelo. El origen dahomeyano del Voudou explica la ausencia de estatuas en Haití (3); los dioses se captan allí gracias a ritmos e invocaciones imperiosas y también mediante diagramas simbólicos que representan sus emblemas, sus señales distintivas, que los obligan en cierto modo a aparecer. Los Vevés, trazados con harina de maíz, polvo de ladrillo o de corteza, ceniza o borra de café, tienen la significación de un montaje radiofónico y poseen un verdadero poder mágico.


En realidad, la voluntad de invocación de los oficiantes, la absoluta necesidad de la venida de los dioses, el impulso y la fuerza que presiden un servicio Voudou constituyen una concentración psíquica de tanta intensidad que bien puede calificarse de mágica, y reforzada y canalizada en un circuito preestablecido puede traducirse en fenómenos que desafían toda lógica.


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NOTAS


1.-  Un catolicismo intolerante. Es difícil imaginar la existencia de una mestización entre el Catolicismo y el Voudou. En realidad, es más bien un problema de "camouflage". "Somos católicos cuando están presentes nuestros amos, y Voudous cuando se van:.." han declarado durante siglos los esclavos negros. El Voudou representaba para ellos al mismo tiempo un refugio y una forma de resistencia. y el catolicismo impuesto la unica manera de eludir el látigo. Paradójicamente, la actitud de la Iglesia es responsable en amplia medida de la supervivencia de los cultos africanos en Haití: por una parte. una evangelización torpe y, por la otra, acusaciones erróneas que transforman a los houngans en esclavos de Satanás y a los Loas en el diablo mismo...


El primer intento oficial de combatir el Voudou se remonta a 1896 con la creación de una "liga antivoudou", pero la verdadera lucha data de 1939 en que se desencadenó una verdadera campaña antisupersticiosa después de descubrirse la existencia de la "mezcla monstruosa", o sea la interpenetración de los cultos africano y católico. El clero clausuró santuarios y lugares de reunión, y destruyó tambores y objetos sagrados en autos de fe.


En 1950 el Voudou salió de la semiclandestinidad, pero sólo en estos últimos años se ha producido un cambio completo en la actitud de parte del clero.


La "mezcla monstruosa" no ha dejado de persistir. Se advierte en un estrecho paralelismo entre los calendarios litúrgicos -así, las fiestas de los Loas coinciden a menudo con las de los santos que los representan- y también en ciertos elementos de la liturgia católica. Los santos adoptados representan generalmente una divinidad Voudou.



2.- Fuerte panteísmo. Resulta imposible evaluar el numero de Espíritus o Dioses que gravitan en torno al Voudou haitiano, pues, aparte de los grandes Loas de Africa-Guinea, existen innumerables genios locales. No obstante, pueden distinguirse dos grandes grupos de Loas en función de su origen étnico: los Rada y los Petro.


La palabra Rada proviene del reino de Arada en Dahomey. Este primer grupo comprende pues las divinidades más importantes y respetables: los Loas-guinin-Dahomey,  a diferencia del grupo Petro que reúne los Espíritus provenientes de otras regiones de Africa y la mayoría de los Espíritus autóctonos. En realidad, el contraste entre esos dos grupos se define sobre todo por los temperamentos fundamentalmente distintos de sus Loas respectivos. Los Petro son más violentos y feroces y es fácil  prever su llegada durante la ceremonia por el simple cambio de ritmo de los tambores que se hace más vigoroso y marcado. Se lo recibe con chasquidos de látigos en el aire,  tienen fama de gustar de la pólvora, razón por la cual se hacen estallar pequellas cargas en su honor. Para celebrarlos, las hounsi se visten de rojo y la aclamación "abobo" que subraya el final de un canto en los rada se reemplaza por "bilolo". Por último, los Loas Petro se especializan en la magia y pueden curar y hechizar.


Dentro de estas dos grandes clases, hay varios suberupos que llevan el nombre de regiones africanas como el Congo o de tribus particulares como los Ibo. A su vez, se subdividen en familias complejas.


3.- En efecto, a diferencia de Nigeria, la representación de las divinidades en forma de imágenes o de fetiches cualesquiera, es muy rara en Dahomey.


UNA CEREMONIA QUE IMPLICA UNA

ENORME CONCENTRACIÓN DE ENERGÍA PSÍQUICA


Ese circuito "mágico" es doble: un circuito aparente en forma de un espacio sagrado vinculado de las hounsi (jóvenes iniciadas que forman el coro) y al Poste, situado en el centro, considerado el "camino de los Espíritus" y mantenido en el suelo por el juego complicado de los Vevés. Por último, un circuito inconsciente y colectivo vinculado y revelado indudablemente en cada individuo durante la iniciación (4) y base de mitos y ritos milenarios. El houngan y la mambó cierran el circuito y establecen el contacto. Se suceden saludos, desfiles de banderas, piruetas, "giros", libaciones en los cuatro puntos cardinales, prosternaciones y encantamientos. Entonces todo se torna posible, imprevisible y sometido a innumerables variantes. Entonces los Dioses se muestran, susurran lo que quieren y cabalgan sobre quienes ellos quieren. Entonces los cuerpos vacilan y se desarticulan, se transforman y despersonalizan, lanzados al espacio o proyectados al suelo, dispersos o reconstituidos en una danza fantástica e ilimitada que fascina y llega, porque escapa del tiempo y tiene un aire de eternidad...


El trance bosal es el más impresionante. Llamado así en recuerdo de los negros bosales llegados de Santo Domingo y que tenían un humor salvaje, es violento, tumultuoso e indisciplinado. Generalmente el Loa que se manifiesta en esta primera posesión será el “Maitre-Tête” (Maestro-Cabeza) definitivo del poseído que se comportará como un caballo no domado mientras su cabeza no se "lave", en otras palabras mientras su Loa no sea bautizado y fijado en una ceremonia particular mediante un emplasto de alimento aplicado en la cabeza durante varios días.


Para el practicante Voudou, resistir la voluntad de un Ser sobrenatural es un acto de rebelión, de modo que la iniciación no tiene otro fin que acostumbrar al individuo a soportar el peso de los Loas y a dejarse guiar sin resistirse. Así se llega a trances si no controlados, por lo menos sometidos, sin que ello les quite nada de su frenesí, y de los cuales puede salirse sin heridas ni dolores en los miembros.


Los rostros de los dioses son variados y sus actitudes dependen de su personalidad o de su humor. Así, Erzuli, diosa del amor, coqueta, derrochadora, ligera y caprichosa, reclama perfumes y platos dulces, mueve las caderas en forma ondulante, abraza a los hombres y sólo tiende sus pequeños dedos a las mujeres manifestando así su desdén por ellas. La vida de Erzulí es una sucesión de escándalos. amiga de varios dioses es cortejada en vano por Guedé Nibbo a quien ella desprecia por su piel demasiado negra y que la persigue embriagándose con su perfume y lamentándose con voz nasal. Como muchos Loas, Guedé Nibbo, llamado "el bravo", es doble, pues es a la vez dios de la Muerte y de la Vida; confiere el don de la doble vista y simboliza el acto de procreación, se viste de color violeta y profiere las expresiones más procaces, vigila las tumbas y baila las danzas más obscenas. Por último, no vacila en disfrazarse de cadáver o de falo gigantesco, ridículo y aterrador, en comer desmesuradamente o en echarse copas de ron en la oreja.


Así se expresa alternativamente la dualidad del hombre pues en todo momento lo sagrado se confunde con lo profano. Gracias a este carácter humano de los dioses es posible establecer una comunicación eficaz y por esa misma razón los alimentos deben satisfacer los apetitos más voraces. Ya no se trata de quemar las víctimas consagradas en los altares de piedra y de ofrecer su humo a las divinidades o de dispersar sus cenizas al viento. Los Loas Voudou tienen otras exigencias, y las carnes de animales o los alimentos vegetales se cortarán en pequeños trozos para ser arrojados al mar, sumergidos en los ríos, enterrados u ofrecidos durante una ceremonia. Así Damballah Wedo, la culebra macho, acepta un huevo crudo envuelto en harina, que tragará con la cabeza cubierta con un pañuelo, antes de arrastrarse hacia el templo guiada por la campanilla y el Asson del sacerdote y seguida de cerca por su hembra Aída. Aída Wedo simboliza la plegaria que los hombres elevan a Dios representado en esta ocasión por Damballah que se retuerce, se arrastra y ondula en el suelo, trepa a los árboles y se aferra a los postes para dejarse caer cabeza abajo como una boa.


Los individuos poseídos por Damballah no hablan, pero mueven enérgicamente la lengua y emiten un silbido entrecortado que el houngan tratará de interpretar. En realidad, la posesión implica una pérdida total de la conciencia y los Loas hacen profecías, prodigan consejos o amenazan a sus servidores sin que los poseídos conserven ningún recuerdo de las palabras que pronunciaron o de los mensajes que comunicaron personalmente.


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NOTA.


4.- La iniciación Voudou o "Kanzo", como toda iniciación es al mismo tiempo muerte y resurrección. Después de una semana de recogimiento, de abluciones y de un régimen especial, generalmente un domingo por la noche se realiza la ceremonia de acostar a los novicios y su partida a una reclusión secreta. Dicha partida se hace en publico y en mediode la emoción mas general, pues si bien su "muerte" es puramente simbólica los futuros iniciados no dejan de volver profundamente transformados. Sustraídos del mundo exterior durante ocho días, sufrirán un segundo "lavado de cabeza" destinado a establecer un vinculo definitivo con su propio Loa, el Loa "Mait-tête" puede ser el primer Loa aparecido durante el trance bosal o una herencia de familia; tal es el caso de algunos grandes houngans o mambos que adoptan en sueños los Loas de sus antepasados. Acostados sobre el lado izquierdo y cubiertos con una sábana, los adeptos se someten a una severa disciplina y no pueden hablar, reír o moverse sin autorización. En realidad, la base de la iniciación parece residir en una desconexión más o menos profunda del individuo: régimen próximo al ayuno, infusiones sedantes, unción de aceites dos veces por día, sumisión total al houngan, que tiene plenos poderes sobre su alma, hallándose representada esta ultima por diferentes partículas del cuerpo (uñas, cabellos, etc.) colocadas en un recipiente que tiene el sacerdote. La ceremonia del boulé-zin cierra este periodo de reclusión: los iniciados, lavados con agua tibia y semejantes a grandes capullos, salen cubiertos con una sábana blanca; asistidos por la mambó y sus ayudantes, la palma de la mano izquierda de cada uno de ellos se unta con aceite y se cierra luego de colocarse en ella un puñado de guiso de maiz hirviendo: las bolitas, acarameladas, se distribuirán luego entre los fieles. Fortalecidos por una prueba, los iniciados pueden salir entonces con gran solemnidad, vestidos de blanco y con el rostro cubierto de hojas de palmera. Pero no por ello dejan de ser vulnerables durante cuarenta y un días, expuestos a todos los peligros de carácter sobrenatural de los cuales se defenderán sometiéndose a una disciplina de vida muy estricta y absteniéndose de trabajar.


CUANDO EL PRACTICANTE VOUDOU MUERE, VUELVE A SER UNA PARTÍCULA DE DIOS.



Pero no debemos equivocarnos: si bien el Voudou permite en el plano individual defenderse de los malos espíritus, tener buena salud, suerte y "nanm", es decir una fuerza sobrenatural, su razón de ser es esencialmente colectiva y sus efectos se dirigen principalmente al grupo cuya cohesión mantiene. Otrora religión de la esclavitud, hoy es para el campesino haitiano el único medio de que dispone para vencer su opresiva pobreza, para lograr una vida social posible, para resolver todos los problemas de la vida y para poder inclinar el universo en su favor. No se trata de "ganar el cielo" o de "salvar su alma", sino de obtener de inmediato los beneficios necesarios. La base de su moral es "Amaos los unos a los otros" y la idea del pecado original es totalmente desconocida para ellos, lo mismo que la idea de una supervivencia individual después de la muerte.


Cuando el practicante Voudou muere se convierte en una partícula de Dios, se confunde con la gran Totalidad es decir el mar, las estrellas o el viento, y mientras está vivo utiliza su religión para vivir mejor, orienta su contacto permanente con lo sobrenatural con una finalidad práctica y terrestre.


Por lo demás, los dioses lo saben muy bien y aceptan participar en la vida colectiva. Aquí es donde se confunden drama y religión y donde el Voudou adquiere todo el valor de una tragedia antigua. Si el sentido del teatro realmente se ha perdido, basta asistir a un servicio Voudou para imaginar lo que fueron las panateneas griegas, con la 'inica diferencia de que en este caso el actor no se límita a encarnar a las divinidades sino que él mismo se convierte en divinidad. A semejanza de los tres golpes tradicionales, suena el caracol marino o lambi, y aparece Agoué, el rey del mar, el ritmo de los tambores se acelera y las hounsi visten de rojo, saltan y se convierten en llamas, pues allí están los dioses del fuego y de la guerra. La tensión aumenta. Ogou-Ferraille aúlla y se exalta y llegará al paroxismo cuando el houngan sacuda un brasero sobre sus hombros, baile bajo una lluvia de brasas o muerda fuertemente un leño encendido, escupiendo chispas. En este caso preciso, el houngan sirve a un dios que se alimenta de fuego y debe bailar entre las llamas para ser fuerte y poderoso. La explicación es simple, el fenómeno resulta anodino como fenómeno y nadie le da importancia. ¿Se sabe acaso cómo puede subir al cocotero Pié Cheche (5) el espíritu sin piernas? No obstante, es recibido con estas palabras.


"No tienes piernas

pero subes al cielo

al igual que todos los espíritus

bajas a la tierra

Cuán hermoso y cuán grandes eres...”


¿Se sabe por qué prodigio los animales se sienten felices de ser degollados, por qué un cordero no teme al cuchillo mientras come la hierba que se le tiende? Por inverosímil que parezca, los animales sacrificados no muestran ningún signo de temor, al parecer comen y danzan con los hombres, poseídos en su momento.


¿Se sabe acaso por qué una bolita de guiso hirviente puesta en la mano, durante el boulé-zin, no produce ningún dolor a los futuros iniciados como pudimos comprobar últimamente? Para los adeptos al Voudou, lo esencial no reside en el hecho de sufrir quemaduras sino en la fuerza del houngan y de la mambó que tiene al novicio de la mano. Por consiguiente, reside en la fuerza de sus dioses y de ella surge a su vez la alegría de vivir. En efecto, el milagro, el primer milagro del Voudou no es otro que la extraordinaria alegría de vivir del pueblo haitiano; estamos lejos de los fenómenos patológicos descritos con referencia a las crisis de posesión.


¿ES LA CEREMONIA VOUDOU UN SUPREMO PSICOANÁLISIS?


Para no pecar de crédulos e incompletos, debemos formular una pregunta: ¿Hay alguna explicación científica del Voudou? Si existe alguna, debe situarse en un  plano psicoanalítico, en el nivel de una integración total del super yo con el individuo; en otras palabras la crisis bosal señalaría el pasaje definitivo al estado adulto y las crisis posteriores la liberación del "yo" que, al no ser desvalorizado, puede actuar. con el máximo de sus posibilidades. "Resulta notable que una agrupación momentánea reunida para cumplir una tarea (las danzas de posesión) produzca inevitablemente, por así decirlo, la individualidad" (Jean Duvígnaud: El Actor). En otras palabras, la activación de un mito arcaico mediante la danza contribuye a crear una participación que crea individualidad. He ahí toda la finalidad del psicoanálisis colectivo. Y Jean Duvignaud agrega: “Si como piensa Roger Bastide, ciertas manifestaciones míticas constituyen una realización sociológica auténtica, ello significaría que la sociedad o el grupo social produce el ser mediante las danzas de posesión y el ser colectivo al individualizarlo. Tal vez tenemos aquí el eslabón intermedio entre la vida social y el individualismo..."


Sea como fuere, una sociedad de conciencia mítica vive en un tiempo circular y por consiguiente no debe extrañar que resulte completa. Por último, podría objetarse que en este caso se confunde magia con religión. Pero para el adepto del Voudou todo se confunde y se imbrica, no lo olvidemos, y la magia desempeña un papel importante.


"La religión se somete a lo invisible, la magia contraría a lo visible", escribe Raymond Abellio.  La sumisión a lo invisible parece total; en cuanto a la magia, dejemos que responda Levi-Strauss: "Si pretendiéramos reducir el pensamiento mágico a un momento o a una etapa de la evolución técnica y científica nos privaríamos de todo medio de comprenderlo... El pensamiento mágico no es un principio, un comienzo, un esbozo, la parte de un todo aún no realizado, constituye un sistema bien articulado, independiente en este sentido de ese otro sistema que constituirá la ciencia, salvo la analogía formal que los asemeja y que hace del primero una especie de expresión metafísica del segundo. Por lo tanto, en vez de oponer la magia a la ciencia, sería mejor situarlas paralelamente como dos formas de conocimientos desiguales en cuanto a los resultados teóricos y prácticos."


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NOTA


5.- Considerada al mismo tiempo como un espíritu andrógino y como un espíritu siamés. Pié Cheche lleva dos nombres: Ti Jean para su parte masculina y Marinette para su parte femenina.

Psicología de los Símbolos Alquímico Cristianos - Carl G. Jung

La Mater Alchimia no es algo primigenio o inicial, sino una época, que aproximadamente comienza con la era cristiana y en los siglos XVI-XVII da a luz la era científico-natural, para después marchitarse desconocida y mal interpretada y hundirse como una etapa agotada en la corriente de los siglos. Pero, como toda madre alguna vez fue hija, así también la alquimia: su ser propio nace de aquellos sistemas Gnósticos que Hipólito concibe con justicia como de filosofía (natural), y que con ayuda, por una parte, de la filosofía clásica griega, y por otra de la mitología griega, cercano oriental y egipcia, así como de la dogmática cristiana y la Kabbalah judía, realizó la tentativa, de alto interés para la perspectiva moderna, de alcanzar una concepción total del mundo en que lo físico y lo místico desempeñaran papeles gemelos. Si este propósito se hubiese logrado, el mundo no habría llegado a vivir el espectáculo singular de dos concepciones del mundo simultáneas y en curso paralelo, que no quieren o no pueden saber nada la una de la otra. San Hipólito estaba aún en la envidiable posición de poder comparar la doctrina cristiana con, por decirlo así, sus hermanas del paganismo; también en san Justino Mártir encontramos planteos análogos; y debemos señalar, para honra del pensamiento cristiano, que hasta la época de Kepler no faltaron tentativas de explicar y concebir a partir del dogma la naturaleza en sentido amplio.

Pero estas tentativas tuvieron que fracasar ante el insuficiente conocimiento de los procesos naturales. Por eso se llegó, en el curso del siglo XVIII, a la conocida idea de la incomparabilidad entre la fe y el saber: a la fe le faltaba la experiencia, y al saber, el alma. La ciencia creía en una objetividad absoluta, pasando deliberadamente por alto que la auténtica portadora y generadora de la ciencia es la psique, y de precisamente se supo menos que de cualquier otra cosa por el más largo tiempo: era o un síntoma de reacciones químicas, o un epifenómeno de procesos celulares en el cerebro, y hasta, por cierto tiempo, propiamente no existió. La ciencia era por completo inconsciente de que se servía para sus observaciones de un aparato fotográfico, por así decirlo, acerca de cuyo funcionamiento y estructura no sabía práctica nada y cuya existencia, además, hasta a menudo no quería reconocer. Es una conquista recentísima el haber tenido que tomar en cuenta la realidad objetiva del factor psíquico. Característicamente, fue la microfísica la que del modo más perceptible e inesperado se topó con la psique. Como se comprenderá, prescindimos de la psicología del inconsciente, pues su hipótesis de trabajo consiste precisamente en la realidad de la psique; y aquí lo que estamos caracterizando es lo contrario, es decir, el choque de ésta con la física.

Ahora bien; para los Gnósticos -y éste es propiamente su secreto- la psique existía como fuente del Conocimiento, lo mismo que para los alquimistas. Dejando aparte la psicología del inconsciente, las ciencias naturales y la filosofía de nuestro tiempo sólo sabe de lo externo y la fe sólo de lo interno, y ello únicamente en la forma que le han transmitido los primeros siglos cristianos, desde san Pablo y el Evangelio de Juan. La fe es, lo mismo que la objetividad de la ciencia clásica absoluta, y por lo tanto no pueden conciliarse ni la fe y el saber, ni los cristianos entre sí.

La doctrina cristiana es un símbolo altamente diferenciado, expresa lo psíquico trascendente o, para decirlo con Dorn, la imago Dei y sus propiedades. El Credo es el symbolum. A los efectos prácticos, él comprende aproximadamente todo lo que puede establecerse fundamentalmente sobre las manifestaciones del factor psíquico en el ámbito de la experiencia interna, pero no se extiende a la naturaleza, o por lo menos no de manera reconocible. Por eso, en todos los siglos cristianos se han dado corrientes espirituales paralelas o subterráneas que trataban de establecer la naturaleza, no sólo exterior sino también la interna, en su aspecto empírico.

Aunque el dogma, como la mitología en general, enuncia la esencia de la experiencia interna, formulando así los principios operativos de la psique objetiva, o sea, del inconsciente colectivo, lo hace en un lenguaje y según un modo de concebir que se ha hecho ajeno a la orientación intelectual moderna. La palabra "dogma" hasta llega a tener una resonancia no siempre agradable, y sirve no rara vez para destacar con censura la rigidez de un prejuicio. Así, ha perdido para la mayoría de la humanidad occidental su sentido como símbolo de un hecho en sí incognoscible pero "real y efectivo" (es decir, que produce efectos). Incluso dentro de la teología, la discusión dogmática propiamente dicha luí cesado prácticamente, salvo la última declaración pontificia, señal de que el símbolo empieza a agostarse, si no está ya del todo marchito. Este desarrollo es peligroso para la cultura espiritual, pues no conocemos otro símbolo que mejor exprese el mundo del inconsciente. Por eso se vuelve la vista en no escasa medida a representaciones exóticas, con la esperanza de encontrar, por ejemplo en la India, un sustituto. Esta expectativa es engañosa, pues los símbolos indios, como los cristianos, formulan contenidos del inconsciente, pero en cada caso éste representa, en gran medida, el respectivo pasado espiritual. Las doctrinas indias expresan la esencia de las vivencias cuatro veces milenarias del hombre indio. Por cierto podemos aprender mucho del pensamiento indio, pero él nunca expresa ese pasado que se conserva en nosotros. Nuestra premisa es y sigue siendo el cristianismo, que abarca, según el caso, de once a diecinueve siglos. Antes de él, está para la mayoría de los occidentales el estado espiritual, considerablemente más dilatado aún en el tiempo, del politeísmo y el polidemonismo. En ciertos lugares de Europa, la historia del cristianismo comprende sólo poco más de quinientos años, es decir, no más de unas dieciséis generaciones. La última bruja fue quemada en Europa el año en que nació mi abuelo, y en el siglo XX ha vuelto a irrumpir la barbarie, con su degradación de la naturaleza humana.

Menciono estos hechos para ilustrar cuan delgada es la pared que nos separa de los primordios paganos. A ello se agrega que los pueblos germánicos nunca se desarrollaron orgánicamente de un polidemonismo primitivo al politeísmo y a su refinamiento filosófico, sino que en muchos lugares recibieron el monoteísmo cristiano y la doctrina de la salvación en las lanzas de las legiones de Roma, análogamente a como en África la ametralladora representa el argumento latente de la invasión cristiana (de la existencia de ese miedo he tenido la oportunidad de convencerme in situ). Sin duda, la difusión del cristianismo entre los pueblos bárbaros no sólo favoreció sino también fomentó cierta inflexibilidad y rigidez del dogma. Se observa también algo semejante en la difusión del Islam, que se vio igualmente necesitado de rigidez y fanatismo. En la India, el desarrollo del símbolo transcurrió de modo más orgánico y sereno. Hasta la gran reforma del hinduismo, el budismo, por una parte, se funda, de modo auténticamente indio, en el yoga, y por otra fue reasimilado sin residuo en el curso de un siglo, por lo menos en la India donde el Buddha mismo tiene su trono en el panteón como avatâra de Vishnú, junto con Cristo, Matsya (el "pez"), Kurma (la "tortuga”), vámana (el "enano") y otros más.

El desarrollo histórico del espíritu occidental no puede en absoluto compararse con el de la India. Por eso, quien cree poder adoptar inmediatamente formas orientales de concebir, se desarraiga, pues aquéllas no expresan nuestro pasado occidental, sino quedan como conceptos intelectuales, exangües, que no hacen vibrar ninguna cuerda en nuestro ser profundo. Estamos enraizados en suelo cristiano. Este fundamento ciertamente no alcanza demasiada profundidad, y, como hemos dicho, en muchos puntos se ha mostrado de alarmante delgadez, de modo que el paganismo originario pudo ganar nuevamente posesión de gran parte de Europa, en forma cambiada pero también con la forma de economía que le era propia, la esclavitud.

Este desarrollo moderno confirma que las corrientes paganas, claramente presentes en la alquimia, se han mantenido vivas bajo la superficie cristiana. En los siglos XVI-XVII la Alquimia alcanzó su máximo florecimiento, para después extinguirse en apariencia. En realidad, encontró su continuidad en las ciencias naturales, que en el siglo XIX condujeron al materialismo y en el XX al llamado "realismo", cuyo fin, por lo pronto, no se divisa aún. Pero el cristianismo, pese a todas las ocasionales y bienintencionadas aserciones en contrario, quedó a un lado, sin fuerzas. Todavía tiene la Iglesia cierto poder, pero apacienta su rebaño sobre los escombros de Europa. Su mensaje es efectivo en la medida en que uno sabe combinar su lenguaje, sus representaciones y sus usos con la comprensión del presente. Pero ya no habla para muchos, como san Pablo en el agora de Atenas, el lenguaje del presente inmediato, sino que su mensaje se reviste de las palabras sacrosantas sancionadas por la edad. Ahora bien; ¿qué éxito habría alcanzado la prédica de san Pablo si se hubiese valido del lenguaje y el mito de la era minoica para anunciar el Evangelio a los atenienses? Infortunadamente, se pasa enteramente por alto que procediendo así se plantean al hombre de hoy exigencias mucho mayores que al de los tiempos apostólicos: para éste no significaba ninguna dificultad creer en el nacimiento virginal de héroes y semidioses, y por eso todavía san Justino pudo valerse de este argumento en su Apología; tampoco era algo inaudito la idea de un hombre-Dios salvador, pues prácticamente todos los potentados asiáticos, así como el César romano, eran de naturaleza divina, ¡A nosotros ya nos es ajena hasta la idea de un rey por gracia divina!

Los relatos prodigiosos del Evangelio, que convencían fácilmente al hombre de entonces, serían en cualquier biografía de hoy piedras de escándalo y suscitarían lo contrario de la creencia. La naturaleza prodigiosa o extravagante de los dioses era lo corriente en los mitos todavía vivos y fue de particular y convincente significación en el refinamiento filosófico de aquéllos. Hermes ter unus ("Hermes tres veces uno") no era ningún absurdo intelectual, sino una verdad filosófica. Sobre estas bases, el dogma de la Trinidad pudo construirse de modo convincente. Pero para el hombre moderno éste significa o un misterio inaccesible o una curiosidad histórica, preferiblemente lo último. Para el hombre antiguo la virtus del agua consagrada o la transmutación de las sustancias no era ninguna enormidad, pues había incluso fuentes sagradas, cuyos efectos eran incomprensibles, y cambios químicos cuya índole aparecía como maravillosa. Hoy cualquier escolar sabe más, en principio, sobre la constitución de la naturaleza que toda la historia natural de un Plinio.

Entonces, hoy san Pablo, si emprendiera la tarea de hacerse oír en Hyde Park por la gente razonable, no tendría bastante con citas de la literatura griega y algunos conocimientos de historia judía, sino que debería acomodar su forma de expresión a las posibilidades de comprensión de un público inglés moderno. De no hacerlo así, anunciaría mal su mensaje, pues nadie, salvo quizá un filólogo clásico, le entendería ni aun aproximadamente. Pero tal es la situación actual de la kerigmática (teoría de la proclamación de la Palabra) cristiana. No que se valga, literalmente, de un lenguaje ajeno y muerto; sino que habla en imágenes que por una parte parecen conocidas de antiguo y por lo tanto, engañosamente, de sentido familiar, pero por otra parte, infinitamente alejadas como están de una comprensión consciente moderna, tocan, cuando mucho, al inconsciente, y ello sólo si el expositor pone toda el alma en la tarea. Por eso, en el mejor de los casos, el efecto queda estancado en la esfera del sentir, pero la mayoría de las veces ni siquiera llega ahí.

Falta el puente que una el dogma con la vivencia íntima del individuo. En cambio de ello, el dogma es "creído"; (veritas prima, esta "verdad primera" es invisible y desconocida, y ella, y no el dogma, es lo que está en la base de la "Fe".) se lo hipostasía, como entre los protestantes la Biblia, ilegítimamente promovida a autoridad suprema pese a sus contradicciones y sus interpretaciones controvertidas. (Como es sabido, ¡todo puede autorizarse a partir de la Biblia!). El dogma ya no formula, ya no expresa, sino que es un principio por sí, sin ningún asidero en una vivencia demostrativa (beweisenden). En verdad, la fe misma se ha convertido en esta vivencia. La fe de un Pablo, que nunca tuvo la vivencia del Señor encarnado, aún podía remitirse a la aparición avasalladora del camino de Damasco y a la revelación del Evangelio en el éxtasis, y la fe del cristiano antiguo y medieval en posibilidades inconcebibles en ninguna parte chocaba con el consenso universal, sino que se veía sostenida por éste. Pero todo ello ha cambiado fundamentalmente en los últimos trescientos años, sin embargo, ¿qué cambio de principio se ha realizado paralelamente en la concepción teológica?

Existe el peligro —y no hay ninguna duda acerca de él- de que el vino nuevo haga estallar los viejos odres, y que lo que ya no se comprende se arrumbe en el rincón de los trastos viejos, como ya ocurrió una vez en tiempos de la Reforma. El protestantismo eliminó entonces (salvo un pálido resto) el rito, componente indispensable de toda religión, y sigue manteniéndose sobre la sola fe. Del contenido de ésta, del symbolum, constantemente se desmoronan nuevos pedazos. ¿Qué queda realmente? ¿La persona de Jesucristo? Todo laico sabe que la personalidad del fundador pertenece, biográficamente, a lo más oscuro de lo que el Nuevo Testamento ha transmitido, y, desde el punto de vista humano-psicológico, esa personalidad es un enigma impenetrable. Como cierta vez dijo acertadamente un escritor católico, los textos evangélicos representan a la vez la historia de un hombre y la de un Dios. ¿O queda el Dios solamente? ¿Qué hay entonces de la Encarnación, esa parte esencial del símbolo de la fe? En mi opinión, sería mucho mejor aplicar al símbolo las palabras de un Papa: Sit ut est, aut non sit, (sea como es, o no sea) y dejarlo por lo pronto en su integridad; porque al fin y al cabo nadie entiende en realidad de qué se trata propiamente. Por lo menos, así me lo parece. ¿Cómo explicar si no los notorios apartamientos del dogma en tantas partes?

Acaso pueda parecer extraño al lector que, como médico y psicólogo, insista en el dogma. Debo poner el acento en él, por las mismas razones que otrora movieron a los alquimistas a dar un peso particular a su doctrina. Esta consiste en la quintaesencia de la simbólica de los procesos inconscientes, así como los dogmas representan una condensación o una destilación de la que se llama "historia sagrada", es decir, del mito del ser y el obrar divinos desde los tiempos primordiales. Si queremos comprender lo que entendía significar la doctrina alquímica, debemos remontarnos a la fenomenología tanto histórica como individual de los símbolos, y si queremos aproximarnos a la comprensión del dogma debemos más forzosamente aun tomar en cuenta ante todo el mundo mítico de Asia anterior que a él subyace, y luego la mitología general como expresión de una disposición común humana. A esta disposición, como es sabido, la he llamado el inconsciente colectivo, cuya existencia, por lo demás, sólo es inferible a partir de la fenomenología individual. En ambos casos la investigación llega al individuo humano, pues se trata siempre de ciertas formas complejas de representación, los llamados arquetipos, de los que puede conjeturarse que actúan como organizadores de las representaciones inconscientes. El dinamismo productor de estas configuraciones es indistinguible del hecho trascendente a la conciencia que se denomina instinto. Por lo tanto, no hay ninguna razón para entender por el arquetipo otra cosa que la configuración (Gestalt) del instinto humano.

En esta reflexión no hay que precipitarse a suponer una reducción del mundo de las representaciones religiosas a "nada más que" fundamentos biológicos, ni mucho menos a sustentar la errada opinión de que con ese modo de observación el fenómeno religioso queda "psicologizado" y por lo tanto se esfuma. A ninguna persona razonable se le ocurrirá que retrotraer la estructura humana a la de un saurio cuadrúpedo equivalga a declararla carente de validez, o que de algún modo ella quede explicada por sí misma. Tras todo eso está ciertamente el grande, y no resuelto enigma, de la vida y la evolución, y de dominante importancia no es, en fin de cuentas, el origen sino la meta del desarrollo. Pero si a una entidad viviente se la corta de sus raíces, se la priva de la conexión retrospectiva con los fundamentos de su existencia, y entonces no puede sino agostarse. En este caso, la "anamnesis" (recuerdo) de los orígenes es de importancia vital.

El cuento tradicional y el mito expresan procesos inconscientes; la práctica de narrarlos opera la rememoración y la revivificación de los mismos, y con ello la reactivación del vínculo entre conciencia e inconsciente. Lo que la escisión de las dos mitades de la psique significa, ante todo el médico lo sabe. Él la conoce como disociación de la personalidad, base de todas las neurosis: la conciencia va por un lado y el inconsciente por el lado opuesto. Como las oposiciones no pueden conciliarse en su mismo nivel (tertium non datur!), se necesita siempre una tercera instancia, supraordinada, en que ambas partes puedan conjugarse. En cuanto que el símbolo procede tanto de lo consciente como de lo inconsciente, está en condiciones de unificar ambas cosas: por medio de su forma, el aspecto ideativo, y, por medio de su numinosidad, el aspecto afectivo de la oposición.

Por eso a menudo y desde antiguo el símbolo se compara con el agua, por ejemplo en el caso del Tao, en que se unifican el Yang y el Yin: el Tao es "el espíritu del valle", el curso sinuoso del río. El símbolo de la fe, en la Iglesia, es el "agua de la doctrina", aqua doctrinae que corresponde a la prodigiosa agua "divina" de la alquimia, cuyo doble aspecto está representado por el mercurio duplex. La natural salutífera y renovadora de esta agua simbólica, como Tao, como agua bautismal y como panacea, alude al carácter terapéutico de las conexiones mitológicas a las que pertenece esa representación. Ya los médicos de orientación alquímica sabían que el arcanum sanaba, o por lo menos debía sanar, no sólo la enfermedad corporal sino además la anímica, y la moderna psicoterapia sabe también que, si bien existen muchas soluciones interinas, en el fondo hay un problema moral de opuestos, racionalmente insoluble, al que sólo puede darse respuesta por medio de una tercera instancia supraordinada, es decir, de un símbolo que expresa ambas partes en conflicto. De esta "verdad” (Dorn) o "teoría" (Paracelso) se ocupaban los antiguos médicos y alquimistas, y no podían hacerlo sino incorporando a su mundo mental la revelación cristiana. Continuaron en una nueva edad la obra de los Gnósticos (que en parte eran mucho menos herejes que teólogos) y de la patrística, con la comprensión instintivamente exacta de que el vino nuevo no debía ponerse en odres viejos y que, como la serpiente muda su piel, también el mito en cada renovado eón requiere nuevo ropaje para no perder su efecto terapéutico.

Los problemas que presenta al médico o al psicólogo modernos la integración del inconsciente sólo pueden resolverse según la línea histórica antes señalada, y el resultado vendrá a ser equivalente a una reasunción del mito heredado, lo que presupone, por supuesto, la continuidad del desarrollo. La tendencia actual a la destrucción o paso al inconsciente de toda tradición podría ciertamente interrumpir el proceso de desarrollo por un intervalo de varios siglos de barbarie. Ya es éste el caso donde domina la utopía marxista. Pero también una formación preponderantemente científico-técnica, como la que es característica de los Estados Unidos, puede producir una regresión de la cultura espiritual y con ello un considerable incremento de la disociación psíquica. Con higiene y bienestar solamente el hombre dista aún mucho de estar sano, pues, de ser así, la gente más rica e ilustrada debería ser la más sana también; pero, en lo que se refiere a neurosis, no es éste el caso en modo alguno: al contrario. Al desarraigarse y escindirse de la tradición, las masas se neurotizan, lo que las dispone para la histeria colectiva.

En lo que precede he intentado establecer en qué matriz psíquica fue asumida la figura de Cristo en el curso de los siglos. De no existir una afinidad (magneto) entre la figura del Redentor y ciertos contenidos del inconsciente, nunca hubiese podido un espíritu humano ver la luz en Cristo y abrazarla con fervor. La pieza de conexión entre ambos es el arquetipo del hombre-dios, que por una parte se hizo en Cristo realidad histórica, y por otra, en cuanto presencia "eterna", señorea el alma como totalidad supraordinada, o sea, precisamente, como el si-mismo. Es, como el sacerdote en la visión de Zósimo, un kyrios tôn pneumátôn en el doble sentido de "Señor de los espíritus" y de "Señor sobre los (malos) espíritus", lo que constituye una significación esencial del Kyrios cristiano.

El símbolo, extracanónico, del pez nos ha introducido en esa matriz psíquica y con ello en la esfera de lo vivenciable, donde los incognoscibles arquetipos son vivientes, cambian en infinita sucesión atuendo y nombre, y despliegan, en cierto modo como en una circunambulación, su nunca vista esencia. La piedra filosofal, que significa a Dios hecho hombre o al hombre hecho Dios, tiene "mil nombres". No es Cristo, sino su paralelo, es decir, aquello que en el ámbito subjetivo corresponde a lo que el dogma llama Cristo. Por eso la alquimia nos proporciona un claro concepto de lo que significa Cristo en la experiencia subjetiva y bajo qué envolturas de índole a la vez delusoria e iluminadora se vivencia su presencia operante en su trascendente inasibilidad. Podría mostrarse lo mismo en la psicología del individuo moderno, como lo he hecho en la segunda parte de mi libro Psicología y Alquimia; pero es una tarea demasiado exigente y minuciosa, pues necesita una cantidad de casuística biográfica, con que podrían llenarse volúmenes. Empresa semejante excedería mis fuerzas. Debo, pues, contentarme con haber puesto algunos fundamentos históricos y conceptuales para ese trabajo del futuro.

Resumiendo, quisiera destacar una vez más que el símbolo del pez representa una asunción espontánea de la figura evangélica de Cristo, y consiguientemente un síntoma, por así decirlo, que muestra de qué modo y con qué significación ese símbolo fue asumido por el inconsciente. A este respecto, la alegoría patrística de la captura del Leviatán (la cruz como anzuelo, Cristo a ella clavado como cebo) es enteramente característica: un contenido (pez) del inconsciente (mar) ha sido apresado y se ha adherido a la figura de Cristo. De ahí procede sin duda la peculiar expresión de san Agustín: de profundo levatus ("levantado de la profundidad"); lo que ciertamente es aplicable al pez; ¿pero a Cristo? La imagen del pez surge de la profundidad del inconsciente enfrentándose en correspondencia con la figura kerigmática de Cristo; y, si Cristo es invocado como Ikhthys [pez], esta designación remite a aquello que se ha desprendido de la profundidad del inconsciente. El símbolo del pez, por lo tanto, constituye el puente entre la figura histórica de Cristo y la naturaleza anímica del hombre, en la que tiene su asiento el arquetipo del Redentor. Por esta vía Cristo se hace vivencia, el "Cristo en nosotros".

Como lo he mostrado, la simbólica alquímica del pez lleva en línea directa al lapis philosophorum, el salvator, servator y deus terrenus, es decir, psicológicamente, al sí-mismo (Self). Con ello surge en lugar del pez un nuevo símbolo: un concepto psicológico de la totalidad humana. El Self significa la Divinidad tanto o tan poco como el pez es Cristo. Pero es una correspondencia y una vivencia interna, una recepción de Cristo en la matriz psíquica o una realización más del Hijo de Dios ahora en un simbolismo no ya teriomórfico sino conceptual ("filosófico"). Con ello, frente al mudo e inconsciente pez, se expresa claramente un aumento en el devenir de la conciencia.

Sociedades Secretas e Individuación - Carl G. Jung

No existe mejor medio para proteger al individuo del perderse con los demás que la posesión de un secreto que él quiera o deba ocultar. Ya los comienzos de la organización de la sociedad manifiestan la necesidad de organizaciones secretas. Donde no existe un secreto a ocultar por motivos justificados se descubren o se elaboran «secretos» que luego son «sabidos» o «comprendidos» por los iniciados privilegiados.


Así sucedió con los rosicrucianos y con tantos otros.


Entre estos pseudosecretos hay —irónicamente— auténticos secretos ignorados por completo por los iniciados como, por ejemplo, en aquellas sociedades que tomaron su «secreto» especialmente de la tradición alquímica.

La necesidad de algo secreto es en las sociedades primitivas de decisiva importancia, en cuanto el secreto en común constituye el cemento de la solidaridad. El secreto en un rango social significa una oportuna compensación para la falta de sociabilidad de la personalidad individual, que se desintegra una y otra vez en las continuas recaídas en la identidad con los demás originaria, inconsciente. La consecución del fin, concretamente de un individuo consciente de su personalidad, se convierte de este modo en un proceso curativo largo, casi sin esperanza, porque la comunidad de individuos aislados y adelantados en la iniciación sólo se logra de nuevo a través de la identidad inconsciente, si bien se trata aquí de una identidad socialmente diferenciada.

La sociedad secreta es una fase de transición en el camino de la individuación: se confía todavía a una organización colectiva el lograr diferenciarse de ella; es decir, no se ha reconocido todavía que es propiamente tarea del individuo el independizarse diferenciándose de los demás.

En el cumplimiento de esta tarea se presentan todas las identidades colectivas, como la adhesión a organizaciones, aceptación de «ismos» y similares, dificultando el camino. Son muletas para paralíticos, corazas para miedosos, pausas separadas para perezosos, asilos para irresponsables, pero también albergues para pobres y débiles, puerto protector para náufragos, un hogar para huérfanos, una meta añorada y gloriosa para vagabundos decepcionados y peregrinos cansados, redil y recinto seguro para ovejas extraviadas y una madre que significa sustento y cuidados. Sería, pues, incorrecto considerar la fase de transición como un obstáculo; significa, por el contrario, durante mucho tiempo, la única posibilidad de existencia del individuo, que actualmente parece amenazado más que nunca por el anonimato. Esta forma de existencia es en nuestra época todavía tan importante que rige para muchos con cierta razón como meta definitiva, mientras que todo intento de encauzar al hombre en la posibilidad de un progreso en el camino de la autonomía parece arrogancia o presunción, fantasma o imposibilidad.

Sin embargo, puede ser que alguien, por propios motivos suficientes, se vea precisado a emprender el camino hacia las lejanías con sus propias fuerzas, porque en todas las protecciones, modelos, asilos, modos de vida y atmósferas que se le ofrecen no encuentra lo que necesita. Marchará solo y representará su propia sociedad. Será su propia multitud que consta de muchas opiniones y tendencias. Pero éstas no van necesariamente en la misma dirección. Se encontrará, por el contrario, en duda con sí mismo y hallará grandes dificultades en manifestar toda su complejidad en una acción unívoca. Incluso cuando se encuentra externamente protegido por las formas sociales de la fase de transición no posee con ello protección alguna contra la interna complejidad que le enemista consigo mismo y le sume en el extravío en identidad con el mundo externo.

Del mismo que el iniciado en el secreto de su sociedad sitúa este extravío en una colectividad indiferenciada, también el individuo particular requiere en su sendero propio un secreto que no se pueda o no se deba revelar por cualquier motivo. Un secreto de este tipo le fuerza al aislamiento en su propósito individual. Muchos individuos no pueden soportar este aislamiento. Son los neuróticos, que juegan al escondite forzoso con los demás y consigo mismos, sin poder tomar en serio realmente ni a unos ni a otros. Sacrifican generalmente su fin individual a su necesidad de acomodación colectiva, para lo cual alientan todas las opiniones, convicciones e ideales del medio ambiente. Contra estos últimos no existen argumentos razonables.

Sólo un secreto que no se puede traicionar, es decir, un secreto que se teme o que no resulta posible formular en palabras descriptivas (y por ello aparentemente cae en la categoría de «chiflado»), puede impedir el de otro modo inevitable retroceso. La necesidad de un secreto de este tipo es en muchos casos tan grande que se producen ideas y hechos que no se pueden ya justificar. Tras ello no se encuentra arbitrariedad ni insolencia algunas, sino una dira necessitas inexplicable para el individuo que acomete a los hombres con despiadada fatalidad y les demuestra, ad oculos, quizás por vez primera en su vida, la presencia de fuertes y extraños en sus dominios más propios, donde creía ser el señor.

Un ejemplo evidente lo constituye la historia de Jacob que lucha contra el ángel, sale con una cadera dislocada, pero precisamente gracias a ello impide un crimen. El Jacob de entonces estaba en la situación ventajosa de que todos le creyeron su historia. Un Jacob actual se encontraría sólo con sonrisas significativas. Sacaría la conclusión de que es mejor no hablar de tales asuntos y máxime si le llevan a formarse opiniones privadas sobre el mensajero de Jehová. Con ello, nolens volens, entra en posesión de un secreto que no discutirá y se separa del círculo en la colectividad. Naturalmente, su reservatio mentalis llegará un día en que ya no le sea posible disimular por más tiempo. Sin embargo, se convierte en neurótico todo el que intenta dos cosas al mismo tiempo, perseguir su fin individual y adoptarse a la colectividad. Un «Jacob» de este tipo no acepta que el ángel sea el más fuerte, pues después de esto no se rumoreó nada acerca de que el ángel también cojeó algo.

Así pues, el que, instigado por su daimon, se atreve a traspasar los límites de la fase de transición entra propiamente en lo «jamás hollado, en donde no se entra», donde ya no encuentra caminos seguros que le guíen ni techo alguno protector sobre él. Allí tampoco existen leyes para el caso de que se encuentre en situaciones imprevistas, por ejemplo, un conflicto de deberes, que no se puede solventar fácilmente.

Puer Aeternus - Marie-Louise von Franz

Esto es un extracto del estudio clásico sobre el conflicto del adulto con el paraíso de la infancia, Puer Aeternus. Los cursos que la doctora Von Franz impartió originalmente en el Instituto Cari Gustav Jung de Zurich han generado una auténtica avalancha de pensamiento acerca del tema del puer y de los trastornos de la personalidad narcisista. Se trata de un caso especial -y particularmente preocupante- del tema del niño interior, un motivo que, según Jung, es siempre un "agente del destino". Todo el que llega a conocer estas ideas acerca de dicho arquetipo se ve afectado por ellas. Von Franz es una de las fundadoras del Instituto C.G. Jung, además de escritora, analista, y renombrada investigadora del mundo de los sueños.

Puer aeternus es el nombre de un dios de la Antigüedad. El término mismo proviene de las Metamorfosis de Ovidio, donde se aplica al niño-dios de los misterios de Eleusis. Ovidio habla del niño-dios Iaco, denominándolo puer aeternus y elogiándolo por su rol en dichos misterios. Más tarde, el niño-dios se identificó con Dionisio y con el dios Eros. Es el joven divino y redentor, nacido por la noche en este típico culto a la madre que son los misterios de Eleusis. Es el dios de la vida, la muerte y la resurrección -el dios de la juventud divina, relacionado con dioses orientales tales como Tammuz, Attis y Adonis-. El término puer aeternus significa por tanto "juventud eterna", pero lo usamos también para referirnos a cierto tipo de hombre joven que padece un notable complejo materno y que, por consiguiente, se comporta de una manera distintiva que aquí quisiera caracterizar.

En general, el hombre identificado con el arquetipo del puer aeternus permanece demasiado tiempo sumido en una psicología adolescente, es decir, todos aquellos rasgos que son propios de un joven de diecisiete o dieciocho años siguen vigentes en su vida posterior, acompañado, en la mayor parte de los casos, de una excesiva dependencia materna. Los dos trastornos característicos del hombre que padece un complejo materno son, según señala Jung, la homosexualidad y el donjuanismo. En este último caso, se persigue, en toda mujer, la imagen de la madre -imagen de la mujer perfecta sin defectos y que le entregará todo al hombre-. Este tipo de hombre busca a la diosa madre, de modo que cada vez que una mujer le fascina acaba por descubrir que se trata de un ser humano corriente. Después de relacionarse sexualmente con ella, toda la fascinación se diluye y, decepcionado, la abandona para seguir proyectando la misma imagen de mujer en mujer. Anhela eternamente a la mujer maternal que lo ampare entre sus brazos y satisfaga todas sus necesidades; y es frecuente que esto se vea acompañado de la actitud romántica del adolescente.

Normalmente, le resulta muy difícil adaptarse a la situación social. En algunos casos existe también un cierto tipo de individualismo antisocial ya que, sintiéndose especial, uno no necesita adaptarse, cosa que por otra parte resultaría imposible para semejante genio, etcétera. Además, la actitud hacia los demás se vuelve arrogante, debido simultáneamente a un complejo de inferioridad y a una falsa sensación de superioridad. A esta clase de gente suele resultarle muy difícil encontrar un tipo de trabajo apropiado, dado que, encuentren lo que encuentren, siempre les parece que no es adecuado o que no es lo que desean. Hay siempre "un pelo en la sopa". La mujer nunca es la apropiada; es agradable en tanto que novia pero... Siempre existe un "pero" que impide el matrimonio o cualquier otro tipo de compromiso.

Todo ello conduce a un tipo de neurosis que H.G. Baynes ha descrito como una "vida provisional"; es decir, la extraña actitud y sensación conforme a las cuales la mujer todavía no es lo que realmente se desea; y existe siempre la fantasía de que, en algún momento futuro, llegará lo auténtico, lo realmente bueno. Si esta actitud se prolonga, terminará dando lugar a un rechazo interno constante a comprometerse con el momento presente. Junto a esta neurosis aparece frecuentemente, en mayor o menor grado, un complejo de salvador o de Mesías, con la idea secreta de que, algún día, uno podrá salvar al mundo, dará con la última palabra en el campo de la filosofía, la religión, la política, el arte o alguna otra cosa. Esto puede abocar a una típica megalomanía patológica; o puede que se encuentren huellas menores de la misma en la idea de que a uno "todavía no le ha llegado el momento". La situación que todos los hombres de este tipo temen es la de sentirse atados a algo, sea lo que sea. Les aterroriza verse atrapados e ingresar por completo en el tiempo, en el espacio y en el ser humano concreto que uno es. Existe siempre el temor a verse atrapados en una situación de la cual tal vez resulte imposible evadirse. Toda situación real, en la que no cabe lo virtual, es un infierno. Al mismo tiempo hay algo enormemente simbólico, a saber, una fascinación por los deportes peligrosos, particularmente el vuelo y la escalada, para poder subir tan alto como sea posible, lo cual viene a simbolizar el afán de alejarse de la madre; es decir, de la tierra, de la vida cotidiana, Cuando este tipo de complejo es muy pronunciado, muchos de estos hombres mueren a una edad temprana en accidentes de vuelo o de montaña. Se trata de un anhelo espiritual exteriorizado que se expresa de este modo.

El siguiente poema de John Magee, fallecido en accidente de aviación poco tiempo después de haberlo escrito, representa perfectamente el significado del vuelo para el puer:


VUELO ALTO


¡Oh! Me he liberado de las desabridas ataduras de la Tierra

y he danzado por los cielos sobre reidoras alas plateadas; 

he ascendido camino del sol y me he unido al júbilo acrobático

de nubes radiantes, y he realizado cientos de cosas en las que tú ni siquiera has soñado 

-he volteado y planeado y me he mecido en el silencio alto y luminoso. 

He dado caza, "allí en suspenso, al ululante vendaval y he lanzado

mi fogoso ingenio por las poco transitadas galerías de aire...


Arriba en el incandescente azul de los delirios he dominado desenvuelto la altura huracanada,

donde ni la alondra ni el águila volaron,

Y, mientras con silenciosa y elevada mente recorría la inexplorada santidad cimera del espacio,

al alargar la mano he tocado el rostro de Dios.


A los puer generalmente les disgustan los deportes que requieren paciencia y un largo entrenamiento, ya que el puer aeternus -en el sentido negativo del término- suele ser muy impaciente. Conozco a un hombre joven, ejemplo clásico del puer aeternus, que practicaba mucho el montañismo, pero era tal su odio a cargar con la mochila que prefirió entrenarse en dormir al aire libre, incluso cuando llovía o nevaba; era capaz de dormir en un agujero hecho por él mismo en la nieve, envuelto en una gabardina de seda y practicando una técnica respiratoria aprendida del Yoga. Se entrenó también a pasar con muy poca comida, simplemente para evitar tener que llevarla a cuestas. Deambuló durante años por varias montañas de Europa y de otros continentes, durmiendo bajo los árboles o en la nieve. En cierto modo llevaba una vida muy heroica simplemente para no verse atado a la necesidad de buscar un refugio o cargar con una mochila. Podría decirse que se trata de algo simbólico, porque este hombre, en su vida real, no quiere cargar con ningún tipo de peso; rechaza absolutamente toda responsabilidad y se niega a asumir la carga de una situación determinada.

En general, la cualidad positiva de estos jóvenes consiste en cierta espiritualidad que proviene de un contacto relativamente próximo con el inconsciente colectivo. Muchos poseen el encanto de la juventud y la animada chispa de un vaso de champagne. Generalmente es muy agradable hablar con ellos, tratan temas interesantes y producen un efecto estimulante en quien les escucha; formulan preguntas profundas y buscan la verdad sin rodeos; suelen estar buscando una experiencia religiosa genuina, búsqueda típica de los jóvenes que se acercan a la edad de veinte años. Normalmente el encanto juvenil del puer aeternus se prolonga a otras etapas de la vida.

Existe, sin embargo, otra clase de puer en quien no se reconoce el encanto de la juventud eterna ni el brillo del arquetipo de la juventud divina. Al contrario, vive continuamente aturdido y atolondrado, característica típica también del adolescente, es un joven adormilado e indisciplinado, que puede pasar horas ocioso y con la mente vagabundeando de modo indiscriminado, hasta el punto de que resulta tentador echarle un cubo de agua fría en la cabeza. Pero la apariencia adormilada corresponde sólo al exterior porque en su interior se aloja una animada fantasía.

Hasta aquí he proporcionado un breve resumen de las características principales de ciertos hombres jóvenes atrapados en un complejo materno e identificados con el arquetipo del puer. He pintado una imagen más bien negativa de esas personas porque es así como se les ve cuando la mirada es superficial, pero, como es evidente, no hemos explicado exactamente cuál es el asunto. 

Lo que verdaderamente me pregunto, lo que, en realidad, me interesa, es saber por qué el problema del hombre joven atado a su madre se ha vuelto tan prevalente en la actualidad. Como se sabe, la homosexualidad -no creo que el donjuanismo se halle tan difundido- va en aumento, incluso entre los adolescentes, y pienso que el problema del puer aeternus se extiende cada vez más. No cabe duda de que las madres intentan siempre retener a sus hijos en el nido y que a algunos hijos les resulta difícil liberarse y han preferido seguir disfrutando de esa cómoda situación. Aun así, no se acaba de entender por qué algo tan natural se ha convertido hoy en un grave problema. Pienso que ésta es la pregunta más importante y más profunda que debemos plantearnos, dado que el resto es más o menos evidente. El hombre que padece un complejo materno tendrá siempre que pugnar con su tendencia a convertirse en un puer aeternus. ¿Existe una cura? Si un hombre descubre que tiene un complejo materno, y que se trata de algo que le ha ocurrido -algo que él mismo no ha causado-, ¿qué puede hacer al respecto? En Símbolos de transformación, el doctor Jung habló de una cura -el trabajo- y, después de señalarla, vaciló un instante y pensó, "¿Se trata verdaderamente de algo tan sencillo? ¿Es ésta la única cura? ¿Es así como debo entenderlo?". "Trabajo" es precisamente la palabra que ningún puer aeternus quiere oír, la más desagradable, y el doctor Jung llegó a la conclusión de que en ella se hallaba la solución. Mi experiencia también me ha mostrado que por medio del trabajo un hombre puede sustraerse a este tipo de neurosis juvenil. Se pueden producir, en este punto, algunos malentendidos porque el puer aeternus es capaz de trabajar  si se siente fascinado o entusiasmado. En tal caso es capaz de trabajar veinticuatro horas seguidas, o incluso más, hasta caer rendido. Pero de lo que no es capaz es de trabajar en una mañana lluviosa y gris, cuando el trabajo es aburrido y uno tiene que forzarse para emprenderlo; esto es algo que el puer aeternus no tolera, y usará cualquier tipo de excusa para evitarlo. En el análisis del puer aeternus, tarde o temprano, siempre se llega a este problema, un problema que sólo puede superarse cuando el ego se ha consolidado lo suficientemente, alcanzando entonces la posibilidad de cumplir con el trabajo. 

Obviamente, por mucho que el objetivo sea el mismo, cada caso individual es diferente; y a mí no me parece que sermonearle a la gente, diciéndole que debería trabajar, sirva de mucho, ya que simplemente se enfada y deja de escuchar.

En muchos de los casos que he presenciado, el mismo in consciente procuró hallar una salida o una solución, es decir, indicar una senda por donde se podía caminar con cierto entusiasmo o por la que la energía psicológica fluyera naturalmente, ya que, como es obvio, resulta más fácil disciplinarse a trabajar en algo que el propio instinto aprueba que oponiéndose al propio flujo de energía. Es por tanto recomendable esperar un poco, averiguar en qué dirección fluyen la energía y el interés natural de la persona, y tratar entonces de que encamine su trabajo en esa dirección. Pero en todo tipo de trabajo hay momentos en los que uno debe enfrentarse a la rutina. Todo trabajo, incluso el trabajo creativo, conlleva cierta cantidad de aburrida repetición, pretexto para que el puer aeternus se evada y vuelva a concluir que "¡esto no es lo que me interesa!". En tales momentos, si a uno le apoya su inconsciente, suelen aparecer sueños indicativos de que conviene perseverar a fin de superar los obstáculos. Si eso ocurre, la batalla está ganada.

En una de sus cartas, Jung dice respecto del puer. "Considero que la actitud del puer aeternus es un mal inevitable.

Identificarse con el puer es una actitud psicológicamente infantil que debería superarse. Siempre conduce a golpes del destino que indican la necesidad de adoptar otra actitud. Pero la razón no consigue nada, porque el puer aeternus es siempre un agente del destino".

Cuando el motivo infantil se manifiesta, representa cierta dosis de espontaneidad, y el gran problema -en cada caso un problema ético individual- consiste en decidir si se trata ahora de una sombra infantil que es preciso aislar y reprimir, o si se trata de algo creativo que se mueve en dirección a una posibilidad vital futura. El niño se encuentra siempre delante y detrás de nosotros. Detrás, es la sombra infantil que debemos abandonar, la niñez a la que debemos renunciar, aquello que siempre tira de nosotros regresivamente y nos hace infantiles, dependientes, perezosos y traviesos y que nos impulsa a eludir los problemas, las responsabilidades y la vida. Por otro lado, si el niño aparece delante nuestro, significa renovación, juventud eterna, espontaneidad y nuevas posibilidades -el flujo de la vida hacia un futuro creativo- El gran problema consiste siempre en decidir, ante cada situación, si se trata de un impulso infantil meramente regresivo o si se trata de un impulso de apariencia infantil pero que, en realidad, debería aceptarse y vivirse, porque nos impulsa hacia adelante.

A veces la solución a este dilema es bastante obvia, por cuanto el contexto de los sueños puede mostrar con mucha claridad de cuál de ellos se trata. Supongamos que un puer aeternus sueña con un niño pequeño; podemos entonces saber, en función del argumento del sueño, si la aparición del niño produce un efecto negativo, en cuyo caso será tratado como una sombra infantil regresiva. Si la misma figura aparece positivamente, en cambio, podemos decir que se trata de algo, en apariencia infantil y ridículo, que debe ser aceptado porque representa una posibilidad vital. Pero si siempre fuera así, el análisis de este tipo de problema sería muy sencilio. Desafortunadamente, como ocurre con todos los productos del inconsciente, el lado destructivo y el lado constructivo, el impulso regresivo y el impulso progresivo, se hallan íntimamente entrelazados. Es por ello que, cuando aparecen tales figuras, resulta muy difícil y, en ocasiones, prácticamente imposible, resolver el dilema.

Desde un punto de vista negativo, el puer aeternus no desea dejar atrás su juventud, superar la etapa juvenil, pero el crecimiento sigue su curso indiferente, hasta que lo destruye; muere a causa del mismo factor en su alma por medio del cual habría podido superar su conflicto. Hay gente que se niega a crecer, a madurar y a afrontar este problema que se va acumulando hasta terminar generando un inconsciente destructivo. En tal caso, uno debe decir, "Por el amor de Dios, haga algo, dése cuenta de que, a medida que el asunto se magnifica, se vuelve cada vez más en su contra y de que, en tal caso, acabará destruyéndolo". Pero puede que ese momento llegue... cuando ya es demasiado tarde, porque el crecimiento destructivo ha absorbido toda la energía.Frecuentemente, el puer aeternus posee un enorme caudal interior de creatividad, una fantasía rica y vital, pero su rechazo a aceptar la realidad tal y como es obstruye la canalización de dicho caudal que se va acumulando como tras de una presa en lugar de fluir naturalmente y de enriquecer la experiencia vital. La vida interior misma del puer queda entonces represada. Así, por ejemplo, en su día a día, se levanta a las diez y media de la mañana, vaga ociosamente por su casa con un cigarrillo en la boca, dando rienda suelta a sus fantasías y emociones hasta la hora de comer; por la tarde tiene intención de trabajar, pero primero decide encontrarse con un amigo, después sale con una amiga y, por la noche, pasa largas horas discutiendo acerca del sentido de la vida. Por fin se acuesta hacia la una de la noche; y el día siguiente acaba siendo una repetición del anterior. De tal modo su capacidad vital y su riqueza interior van decantándose, dado que no encuentran aplicación en algo que tenga sentido, y lentamente la personalidad real va quedando encubierta. El individuo deambula envuelto en una nube de fantasías que en sí mismas son interesantes, y que están colmadas de ricas posibilidades, colmadas de una vida no vivida. Uno siente que este tipo de personas posee un enorme potencial, pero que no existe modo de realizarlo. Entonces el árbol -la riqueza interior- se vuelve negativo y acaba por matar la personalidad. Es por ello que el árbol suele estar relacionado con el símbolo materno negativo, pues éste es el tipo de peligro asociado al complejo materno, por cuya causa el proceso de individuación puede convertirse en algo negativo.

El niño contempla la vida con ingenuidad, y si uno trae a la memoria su propia infancia, se recordará intensamente vital. A menos que sea ya neurótico, el niño está constantemente interesado en algo. Normalmente, sean cuales sean sus preocupaciones, el niño no se siente distanciado de la vida, al contrario, se siente plenamente vital -siempre y cuando no haya sido marcado por las neurosis de sus padres-. Es por ello que cuando la gente piensa en su propia infancia suele añorar aquella ingenua vitalidad que perdió al ingresar en la edad adulta. El niño es una posibilidad interna, una posibilidad de renovación. Pero ¿cómo integrarlo en la vida real del adulto?

Sobre la Naturaleza del Animus - Emma Jung

El Anima y el Animus son dos figuras arquetipales de gran importancia. Pertenecen por un lado al consciente individual y por el otro están enraizados en el inconsciente colectivo, de esta manera forman un lazo conector o puente entre lo personal y lo impersonal, entre el consciente y el inconsciente. Dado que una es femenina y el otro es masculino, C.G. Jung los denominó respectivamente Anima y Animus. El entiende que estas figuras son complejos funcionales que se comportan de manera compensatoria de la personalidad externa, esto es, como si fuesen personalidades internas con las características fallantes en la personalidad consciente y manifestada (externa). En un hombre, se trata de características femeninas; en una mujer, masculinas. Normalmente ambas están siempre presentes, en cierto grado, pero no encuentran un lugar en la función externa de la persona porque perturbarían su adaptación al medio, o la imagen ideal que se tiene de si mismo.

Sin embargo, el carácter de estas figuras no está determinado solamente por las características sexuales latentes que representan, está condicionado por la experiencia que cada persona ha tenido en el curso de su vida con representantes del otro sexo, y por la imagen colectiva de la mujer que lleva en su psiquis el hombre individual, y la imagen colectiva del hombre que lleva la mujer. Estos tres factores se unen para formar algo que no es exclusivamente una imagen ni tampoco solamente experiencia, sino que es una entidad cuya actividad no está coordinada orgánicamente con las otras funciones psíquicas. Se conduce como si tuviese sus propias leyes, interfiriendo en la vida del individuo como si fuese un elemento ajeno; a veces, esta interferencia es útil, a veces perturbadora, en otras realmente destructiva. Tenemos por lo tanto muchas razones para preocuparnos por estas entidades psíquicas y llegar a comprender de qué manera ejercen su influencia sobre nosotros.

A continuación presentaré al Animus y sus manifestaciones como realidades, el lector debe recordar que estoy hablando de realidades psíquicas, que no pueden compararse a realidades concretas, pero no por ello dejan de ser menos efectivas. Trataré de presentar ciertos aspectos del Animus sin alegar, no obstante, una absoluta comprensión de este complejo fenómeno. Al hablar del Animus estamos tratando no solo con una entidad inmutable y absoluta, sino también con un proceso espiritual. Intento limitarme aquí a las formas en que el Animus aparece en su relación con el individuo y con la conciencia.


Manifestaciones externas y conscientes del Animus

Mi premisa es que en lo referente al Animus estamos tratando con un principio masculino. Pero, ¿cómo debe caracterizarse a este principio masculino? Goethe hace que Fausto, mientras está traduciendo el Evangelio según San Juan, se pregunte a si mismo si el pasaje: "En el principio fue la Palabra", no debería ser leído como "En el principio fue el Poder", o "Significado", y finalmente lo hace escribir: "En el principio fue la Acción". Y con estas cuatro expresiones, que reproducen el significado del griego logos, parece estar expresada la quintaesencia del principio masculino. A la vez, encontramos en ellas una secuencia progresiva, cada estadio tiene su representación tanto en la vida como en el desarrollo del Animus. El poder corresponde a una primera etapa, le sigue la acción, luego la palabra, y, finalmente, en la última, el significado. En lugar de poder se podría hablar de poder dirigido, que es la voluntad, dado que el poder puro no es aun humano ni tampoco espiritual.

Esta cuadruplicidad que caracteriza al principio del Logos presupone, como se puede observar, un elemento de conciencia pues sin ella no podrían concebirse ni la voluntad, la palabra, la acción o el significado.

Así como hay hombres de un notable poder físico, hombres de acción, hombres de palabras y de sabiduría, así también la imagen del Animus difiere de acuerdo con el estado de evolución particular o los dones naturales de una determinada mujer. Esta imagen puede transferirse a un hombre real que asume el rol de animus debido a su semejanza con él; alternativamente, puede aparecer como un sueño o una figura fantástica; pero dado que representa una realidad psíquica viviente, le otorga un carácter desde lo interno de la mujer, que se refleja en todo lo que ella hace. Para la mujer primitiva o la mujer joven, o para lo primitivo en cada mujer, el hombre que se distingue por su capacidad física se convierte en figura del Animus. Las imágenes típicas son las de los héroes de leyenda, o figuras del deporte, cowboys, toreros, aviadores, etc. Para la mujer más exigente, el Animus es un hombre que actúa dirigiendo su poder hacia algo importante. Las transiciones aquí no son tan marcadas debido a que el poder y la acción se condicionan mutuamente. Un hombre que tiene dominio sobre la "palabra" o sobre el "significado" representa una tendencia esencialmente intelectual dado que palabra y significado corresponden, por excelencia, a la capacidad mental. Tal hombre personifica el Animus en su sentido más estricto, como un guía espiritual como representante de los dones intelectuales de la mujer. Es en esta fase, en la que por lo general el Animus se torna problemático, por lo tanto, lo exploraremos con mayor detenimiento. Las imágenes del animus que simbolizan las fases de poder y acción son proyectadas en una figura heroica. Pero hay también mujeres en las cuales este aspecto de masculinidad ya se encuentra combinado armoniosamente con el principio femenino, que le es de gran ayuda. Estas son las mujeres, enérgicas, activas, valientes y fuertes. Pero hay también aquellas en las que la integración ha fallado, en las que la conducta masculina ha avasallado y suprimido el principio femenino. Estas son las mujeres masculinas, brutales, hiperactivas, salvajes, las Xantippes que no son solo activas sino más bien agresivas. En muchas mujeres, esta masculinidad primitiva se expresa también en su vida erótica, por lo que su enfoque del amor tiene un carácter masculino y no está determinado por el sentimiento, como es natural en las mujeres, sino que funciona por si mismo, separado del resto de la personalidad, como ocurre en general con los hombres. Sin embargo, podemos suponer que las mujeres ya han asimilado las formas más primitivas de la masculinidad. En general decimos que ya han encontrado, tiempo atrás, su aplicación en el modo de vida femenino; desde hace mucho ha habido mujeres cuya fuerza de voluntad, claridad de propósito, actividad y energía les ha servido como impulso en sus vida. El problema de la mujer de hoy en día parece recaer en su actitud hacia el animus-logos, al elemento masculino-intelectual, en un sentido más acotado, pues la expansión de la conciencia y su desarrollo en todos los campos, parece ser un mandato ineludible -así como también un don- de nuestro tiempo. Un ejemplo de lo anterior es el hecho que junto a los descubrimientos e invenciones de los últimos cincuenta años, también hemos visto la aparición del llamado movimiento feminista, la lucha de las mujeres por la igualdad de derechos con el hombre. Felizmente, hoy en día hemos sobrevivido al peor resultado de esta lucha, que seria la "mujer sabelotodo". La mujer se ha dado cuenta que no puede parecerse enteramente al hombre, pues en primer lugar es una mujer y debe sentirse como tal. Sin embargo, queda claro que algo del espíritu masculino ha madurado en la conciencia de la mujer y ahora debe encontrar su lugar y ser eficaz dentro de la personalidad. Una parte importante del problema del Animus reside en conocer estos factores, para ordenarlos de manera que puedan jugar un rol significativo.

De vez en cuando oímos decir que no hay necesidad que la mujer se ocupe de los asuntos intelectuales o espirituales, que es solo una tonta imitación del hombre o un impulso competitivo rayano en la megalomanía. A pesar de que esto es cierto en muchos casos, especialmente el fenómeno ocurrido al comienzo del movimiento feminista, de todas formas como explicación del asunto no está justificado. Ni la arrogancia ni la insolencia nos da derecho a la audacia de desear ser Dios (esto es, como un hombre; no somos ni como la Eva antigua, tentada por la belleza de la fruta del árbol de la sabiduría, ni hay una víbora que nos aliente a disfrutarla). No, ha llegado a nosotras algo así como un mandato, una orden; nos enfrentamos a la necesidad de morder esta manzana, sea que creamos que es buena o no, estamos enfrentadas al hecho de que el paraíso natural e de inconsciencia en el que a la mayoría de nosotras nos gustaría quedarnos alegremente, se ha ido para siempre.

Así es como están las cosas esencialmente, aun si en la superficie parecen diferentes. Y debido a que se trata de un momento crucial no debemos asombrarnos ante los esfuerzos infructuosos o las exageraciones grotescas, ni mucho menos permitirnos ser intimidadas por ellos.

Si no se encara el problema, si la mujer no hace frente a su exigencia interna de conciencia o actividad intelectual, el animus se convierte en autónomo y negativo y opera destructivamente sobre el individuo (la mujer) y sobre sus relaciones con los demás. Esto puede explicarse de la siguiente manera: si la posibilidad de una función espiritual no es asumida por la mente consciente, la energía psíquica destinada para ella, cae en el inconsciente y allí activa el arquetipo del Animus. Poseída por esa energía que ha fluido de regreso al inconsciente, la figura del animus se torna autónoma, tan poderosa que puede aplastar o abrumar al ego consciente y finalmente dominar la personalidad toda. Debo agregar aquí que me baso en la visión de que en el ser humano hay una cierta idea básica que debe ser cumplida, igual que, por ejemplo, en un huevo o una semilla existe la idea a priori de la vida que emanará de ellos. Por lo tanto, me refiero a una suma de energía psíquica disponible destinada a funciones espirituales y que debe ser aplicada a ellas. Expresado figurativamente, en términos económicos, la situación es parecida a la del presupuesto de un hogar u otra empresa donde hay ciertas sumas de dinero que se asignan para determinados propósitos. De vez en cuando, otras sumas usadas previamente con otros fines, quedan disponibles ya sea porque no se las necesita para aquellos fines o porque no se las puede invertir de otra manera. En muchos aspectos, este es el caso con la mujer de hoy en día. En primer lugar, rara vez encuentra satisfacción en la religión establecida, especialmente si es Protestante. La iglesia que otrora llenara sus necesidades espirituales e intelectuales ya no le ofrece esa satisfacción. En el pasado, el animus junto a sus problemas asociados podía ser proyectado al mas allá (para muchas mujeres el Dios-Padre bíblico era un aspecto metafísico, sobrehumano de la imagen del animus), y mientras la espiritualidad pudiera ser convincentemente expresada en las diversas formas de religión válida, no había inconveniente. Ahora cuando esto ya no puede lograrse es que aparece el problema.

Una segunda explicación para el problema referente a la disponibilidad de la energía psíquica es que, debido a la posibilidad del control de la natalidad, se ha liberado una gran cantidad de energía. Dudo que la mujer misma pueda darse cuenta de cuan grande es esa cantidad de energía que antes utilizaba para mantener un estado de alerta constante para realizar su tarea biológica.

Una tercera causa recae en los avances tecnológicos que permiten nuevos medios para realizar las tareas a las que antes la mujer destinaba su creatividad e inventiva. Cuando antes debía avivar el fuego de la chimenea para recrear el acto Prometeico, hoy da vuelta una llave de la cocina de gas o acciona un interruptor eléctrico, y no tiene la menor idea de lo que sacrifica en pos de estas comodidades ni de las consecuencias que esta perdida trae aparejadas. Pues todo lo que no se hace de la forma tradicional será hecho de alguna nueva forma, y esto no es tan simple. Hay muchas mujeres que cuando llegan al plano en el que se ven enfrentadas a las exigencias intelectuales dicen "Preferiría tener otro bebé", para asi escapar o al menos posponer esa incomoda exigencia. Pero tarde o temprano la mujer debe acomodarse a cumplirla, pues los mandatos biológicos disminuyen progresivamente luego de la primera mitad de la vida; así que es inevitable un cambio de actitud, si se no quiere caer víctima de una neurosis o alguna otra enfermedad. Más aun, no es solo la energía psíquica liberada la que la enfrenta con la nueva tarea, sino también la ley del momento presente, el kairós, al que todos estamos sujetos y del que no podemos escapar, por más oscuro que este término se nos antoje. Estos tiempos requieren una expansión de la conciencia. Por eso en psicología hemos descubierto y estamos investigando el inconsciente; en física nos hemos percatado de los fenómenos y sus procesos -rayos y ondas, por ejemplo- los que hasta ahora eran imperceptibles y no eran parte de nuestro entendimiento consciente. Nuevos mundos con leyes que los gobiernan se abren ante nosotros, como por ejemplo, el del átomo. Aun más, el telégrafo, el teléfono, la radio y cualquier otro instrumento técnico acerca las cosas lejanas a nosotros, expandiendo el rango de nuestras percepciones sensoriales a lo largo y a lo ancho de la Tierra y aun más allá. Así es como se manifiesta la expansión e iluminación de la conciencia. Explicar las causas y metas de estos fenómenos nos alejaría de nuestro tópico; los menciono solamente como un factor unificador en un problema tan agudo para la mujer de hoy, el animus. El aumento de conciencia trae aparejado una canalización de la energía psíquica hacia nuevos senderos. Toda cultura, como sabemos, depende de tal diversificación, y la capacidad de dar forma a todo esto es precisamente lo que distingue al Hombre de los animales. Pero este proceso acarrea grandes dificultades; nos afecta casi como si fuese un pecado, un delito, tal como se observa en mitos tales como el de la Caída del Hombre, o el robo del fuego por parte de Prometeo, y así es como podríamos vivirlo en nuestra vida. No es de sorprender dado que se refiere a la interrupción del curso natural de los hechos, lo que es muy peligroso. Por esta razón siempre ha estado vinculado con ideas religiosas y ritos. En efecto, el misterio religioso, con su experiencia simbólica de muerte y renacimiento siempre recrea el milagroso proceso de la transformación. Como se hace evidente en los mitos arriba mencionados referidos a la Caída del Hombre y el robo del fuego por Prometeo, es el logos (esto es, conocimiento, conciencia en una palabra) el que eleva al Hombre por encima de la naturaleza. Pero este logro lo coloca en una difícil posición entre animal y Dios. Debido a esto; ya no es el hijo de la madre Naturaleza, es expulsado fuera del paraíso, pero a la vez, no es un dios pues aun está ineludiblemente atado a su cuerpo y sus leyes naturales, igual que Prometeo encadenado a la roca. A pesar que este doloroso castigo de estar dividido entre espíritu y naturaleza le ha sido familiar al hombre por largo tiempo, es solo recientemente que la mujer ha comenzado realmente a sentir el conflicto. Y con este conflicto, que va de la mano de un desarrollo de la conciencia, volvemos al problema del animus que eventualmente lleva a los opuestos, a la naturaleza, el espíritu y su armonización.

¿Cómo sufrimos este problema? ¿Cómo reconocemos el principio espiritual? En primer lugar, lo percibimos en el mundo externo. La niña generalmente lo ve en su padre o en una persona que ocupa su lugar; más tarde, quizás, en un maestro o hermano mayor, esposo, amigo, y finalmente en los registros objetivos del espíritu, en la iglesia, el estado, y la sociedad con sus instituciones así como las creaciones de la ciencia y las artes. En su mayoría, el acceso directo a estas formas objetivas del espíritu no es posible para una mujer; ella las encuentra solo a través de un hombre, que es su guia e intermediario. Este guía e intermediario se convierte entonces en el portador o representante de la imagen del animus; en otras palabras, el Animus se proyecta en él. Mientras la proyección tenga éxito, es decir, mientras la imagen se corresponda o se parezca en cierta medida al portador, no hay conflicto real. Por el contrario, este estado parece ser perfecto, especialmente cuando el hombre que es el intermediario espiritual es, al mismo tiempo percibido como un ser humano con el que existe una relación humana, positiva. Si tal proyección se establece permanentemente se podría llamarla ideal pues aparece sin conflicto, lo que sucede es que la mujer permanece inconsciente. Lo que sucede es que hoy en día ya no nos satisface permanecer tan inconscientes, esto se demuestra, por ejemplo, en el hecho de que muchas mujeres que creen ser felices y estar contentas con lo que parece ser una relación perfecta con el Animus, sufren síntomas nerviosos y físicos. Con frecuencia afloran la ansiedad, el insomnio y nerviosismo general, o males físicos, como el dolor de cabeza u otros dolores, perturbaciones de la visión, y ocasionalmente, problemas de pulmón. Conozco varios casos en los que los pulmones se vieron afectados en un momento en el que se hizo agudo el problema con el Animus, y se curaron más tarde luego que el problema fue asumido y comprendido como tal. (Quizás los órganos de la respiración tienen una relación peculiar con el espíritu, como se sugiere por las palabras Animus o Pneuma, y Hauch, respiración, o Geist, espíritu, y por lo tanto reaccionan con especial sensibilidad a los procesos del espíritu. Posiblemente cualquier otro órgano podría ser afectado también, y es simplemente una cuestión de energía psíquica, la cual si no encuentra un canal apropiado y debe replegarse sobre si misma, ataca cualquier punto débil).

Tal transmisión total de la imagen del Animus, como la que describí anteriormente, junto a una aparente satisfacción, genera una lazo compulsivo al hombre en cuestión y una dependencia que con frecuencia aumenta al punto de tornarse insoportable. Este estado de fascinación por alguien y la total influencia que éste ejerce, es conocido bajo el término "transferencia", lo que no es más que proyección. Sin embargo, proyección significa no sólo la transferencia de la imagen a una persona determinada, sino también las actividades que van asociadas, de manera que del hombre en el cual se ha depositado la imagen del Animus, se espera que asuma todas las funciones que han permanecido no desarrolladas en la mujer en cuestión, sea esta la función de pensamiento, el poder para actuar, o la responsabilidad hacia el mundo exterior. A su vez, la mujer sobre la que un hombre ha proyectado su Anima debe "sentir" por él, o establecer relaciones por él, y esta relación simbiótica es, en mi opinión, la causa real de la dependencia compulsiva que existe en estos casos.

Sin embargo, tal estado de proyección exitosa, no dura mucho tiempo, especialmente si la mujer tiene una relación íntima con el hombre en cuestión. Entonces, la incongruencia entre la imagen y el portador de la misma se hace demasiado obvia. Un arquetipo, tal como el animus, nunca coincidirá totalmente con un hombre en particular (individual); y en menor medida cuanto más particular (individual) sea el hombre. La individualidad es realmente el opuesto del arquetipo, porque aquello de que lo individual no es en ninguna medida típico, sino más bien una mezcla de características típicas en si mismas. Cuando aparece esta discriminación entre imagen y persona, nos damos cuenta con gran desilusión y confusión que el hombre que parecía corporizar nuestra imagen ya no se parece a ella en absoluto, y continuamente se comporta de modo muy diferente de cómo pensamos que debería hacerlo. Al principio, tal vez tratamos de engañarnos y con frecuencia tenemos éxito por un tiempo, gracias a la aptitud para borrar diferencias, que se debe a un confuso poder de discriminación. Frecuentemente tratamos, con verdadera astucia, de hacer que el hombre sea aquello que creemos que él debe representar. No solamente ejercemos presión o fuerza conscientemente; repetidamente, y debido a nuestra conducta, forzamos inconscientemente a nuestra pareja a tener reacciones arquetípicas o de Animus. Naturalmente, lo mismo ocurre con el hombre y su actitud hacia la mujer. El también quisiera ver delante suyo la imagen que flota ante sus ojos, y debido a su deseo, que funciona como una sugestión, puede provocar que ella no actúe desde su yo real sino que convierta en la figura de su Anima. Todo esto, más el hecho de que el Anima y el Animus se constelan mutuamente (ya que una manifestación de Anima convoca un Animus y viceversa, lo que produce un circulo vicioso muy difícil de romper) forma una de las peores complicaciones en las relaciones entre hombre y mujer. Pero para cuando la disimilitud entre el hombre y el Animus ha sido descubierta, la mujer ya está en conflicto y no queda nada más por hacer que completar el proceso de discriminar entre la imagen interna y el hombre externo.

Aquí llegamos a lo más significativo y esencial en el problema del Animus, o sea, el componente masculino-intelectual dentro de la mujer. Me parece que mencionar este componente, conocerlo e incorporarlo al resto de la personalidad, es un tema central, que es tal vez el más importante en lo que concierne a la mujer de hoy en día. El problema tiene que ver con una predisposición natural, un factor orgánico que pertenece a la individualidad y que está destinado a tener una función. Esto explica porqué el Animus es capaz de atraer energía psíquica hacia sí hasta que se convierte en avasallador y autónomo.

Es posible que todos los órganos o tendencias orgánicas atraigan hacia si mismos una cierta cantidad de energía, lo que se traduce en capacidad de acción, y que cuando un órgano en particular no recibe la cantidad de energía suficiente, se manifiestan perturbaciones o síntomas. Al aplicar esta idea a la psiquis, yo sacaría como conclusión que, debido a la presencia de una figura de animus poderosa (la tan llamada "posesión por el Animus") la mujer en cuestión le presta poca atención a su propia tendencia masculina-intelectual del logos, y que, o bien la ha desarrollado poco, o no la ha empleado en la forma correcta. Quizás esto suena paradójico, pues, visto desde afuera, es el principio femenino el que aparenta estar descuidado dado que, exteriormente, la conducta de tales mujeres parece ser demasiado masculina o sugerir falta de femineidad. Pero, en esa masculinidad expuesta, yo veo más un síntoma, una señal de que algo masculino en la mujer está reclamando atención.

Es cierto que lo que es primariamente femenino es invadido y reprimido por la entrada autocrática en escena de esta masculinidad, pero el elemento femenino solo puede ubicarse en su lugar llegando a un acuerdo con el factor masculino, el Animus. Ocuparse solamente de lo masculino-intelectual u objetivo no parece suficiente; esto puede observarse en muchas mujeres que han finalizado una carrera profesional y la practican con una vocación masculina e intelectual, pero que de todos modos, no han llegado a un acuerdo con el problema del Animus. Tal educación y forma de vida masculinos puede haber sido logrados debido a una identificación con el animus; entonces es el lado femenino quien ha quedado relegado.

Lo necesario es que la intelectualidad femenina y el logos estén tan bien ubicados en la vida de la mujer, que haya armonía y cooperación entre lo femenino y lo masculino, de modo que ninguna de las partes sea condenada a una existencia sombría. El primer paso en el camino correcto es, por lo tanto, retirar la proyección, reconociéndola como tal, así liberándola del objeto. Este primer acto de discriminación, por más simple que parezca, es un logro muy significativo y difícil, además de un doloroso acto de renuncia. Gracias al retiro de la proyección, reconocemos que no estamos tratando con una entidad fuera nuestro sino con una cualidad interna, y vemos ante nosotras la tarea de aprender a reconocer la naturaleza y efecto de este elemento, este "hombre en nosotras", para así diferenciarlo de nosotras. Si no lo hacemos, entonces nos volvemos idénticas al Animus o somos poseídas por él, lo que provoca las más dañinas consecuencias Pues cuando el lado femenino es avasallado y empujado hacia un segundo plano por el Animus, fácilmente sobrevienen la depresión, la insatisfacción y la perdida del interés por la vida. Estos síntomas son evidentes y apuntan al hecho de que la mitad de la personalidad está parcialmente despojada de vida debido a la usurpación del Animus.

Además, el Animus puede interponerse incómodamente entre nosotras y los otros, ó entre nosotras y la vida en general. Es muy difícil reconocer tal posesión en una misma, y más difícil resulta cuanto más completa es. Por lo tanto, es una gran ayuda observar el efecto que causamos en los demás, y juzgar por su reacción si acaso esta pudo haber sido provocada por una identificación inconsciente con el Animus. Esta orientación gracias a los otros es muy valiosa a lo largo del proceso (que frecuentemente excede nuestros poderes individuales) de distinguir claramente al Animus y asignarle su legítimo lugar. Sinceramente pienso que sin la relación con otra persona a través de la cual orientarse, es casi imposible liberarse de la garras demoniacas del Animus. Cuando estamos identificadas con el Animus, pensamos, decimos o hacemos algo con la total convicción de que somos nosotras quienes lo hacemos, cuando en realidad y sin que nos hayamos dado cuenta, era el Animus que hablaba a través nuestro.

Dado que el Animus tiene a su disposición una especie de autoridad agresiva y poder de sugestión, con frecuencia es muy difícil notar que un pensamiento u opinión ha sido dictado por él y no es nuestra verdadera convicción. Adquiere esa autoridad por su conexión con la mente universal, pero la fuerza de sugestión que ejerce se debe a la propia pasividad en el pensamiento de la mujer y su correspondiente falta de capacidad critica. Las opiniones o conceptos, generalmente emitidas con gran aplomo, son características del Animus. Lo son en la medida en que, dado que corresponden al logos, son generalmente conceptos válidos o verdades que, si bien pueden ser ciertas en si mismas, no encajan en la instancia dada, pues no toman en cuenta lo que es individual y especifico en una situación en particular. Los juicios irrebatibles, las ideas preconcebidas de esta clase son aplicables a las matemáticas, donde dos más dos es siempre cuatro. Pero en la vida no es así, allí provocan conflicto, ya sea con sujeto en cuestión o con cualquier persona a quien se dirigen. También le afecta a la mujer que emite un juicio tan categórico sin haber tomado en cuenta sus propias reacciones.

La misma clase de pensamiento aislado aparece en un hombre cuando se identifica con la razón y el principio del logos y no piensa por si mismo, sino que deja que "éste" piense. Tales hombres están naturalmente dotados para encarnar el Animus de una mujer. Pero no puedo extenderme más en esto pues me interesa aquí exclusivamente la psicología femenina.

Una de las maneras más importantes en las que se expresa el Animus es emitiendo juicios, y como sucede con los juicios así es con los pensamientos en general. Desde adentro se agolpan en la mujer de forma categórica e irrefutable. O, si vienen de afuera, ella los adopta pues le parecen convincentes o atractivos. En estos casos, no siente la urgencia de analizar detenidamente las ideas que adopta y, quizás, difunde posteriormente. Su poco desarrollado poder de discriminación da como resultado el aceptar ideas tanto válidas como inútiles con el mismo entusiasmo o con el mismo respeto, pues todo lo que le sugiere la mente le impresiona enormemente y ejerce una misteriosa fascinación sobre ella. Esto explica el éxito de tantos embaucadores que logran incomprensibles efectos con una especie de pseudo-espiritualidad. Por otro lado, su falta de discriminación tiene un lado positivo; hace a la mujer poco prejuiciosa y por lo tanto más capaz de descubrir y valorar los valores espirituales más rápidamente que un hombre, cuyo poderoso sentido critico tiende a hacerlo tan desconfiado y prejuicioso que frecuentemente le toma más tiempo reconocer un valor que las personas menos prejuiciosas habían notado mucho antes.

El verdadero pensamiento de las mujeres (me refiero a las mujeres en general, sabiendo que hay muchas muy superiores a este nivel que ya han discriminado su pensamiento y su naturaleza espiritual notablemente) es principalmente práctico, atento y diligente. Lo podríamos describir como un sano sentido común, y está dirigido generalmente a aquello que está cerca y es personal. Hasta aquí funciona adecuadamente en su lugar y no pertenece a lo que describimos como Animus en el sentido estricto de la palabra. Sólo cuando el poder mental de la mujer ya no está aplicado solamente a sus tareas diarias sino que se proyecta más adelante en busca de un nuevo campo de actividad, ahí es cuando entra en juego el Animus. En general, se puede decir que la mentalidad femenina manifiesta un carácter infantil, poco desarrollado, casi primitivo; en lugar de sed de conocimiento, es curiosidad; en vez de juicio, es prejuicio; en lugar de pensamiento, es imaginación o ensueño; en vez de voluntad, es deseo.

Donde el hombre asume los problemas objetivos, la mujer se contenta con pasatiempos, donde él lucha por el conocimiento y la comprensión, ella se contenta con la fe o la superstición, o hace suposiciones. Claramente, estas son etapas bien predeterminadas que pueden observarse en las mentes de los niños y en la gente primitiva. De este modo, la curiosidad de los niños y los primitivos nos es familiar, así como también el rol que juegan la fe y la superstición. En el Edda hay un concurso de acertijos entre el errante Odin y su anfitrión, un recuerdo de la época en la que la mente masculina se ocupaba de resolver acertijos, tal como la mente de la mujer hoy en día. Cuentos similares han llegados a nosotros desde la antigüedad y la Edad Media. Tenemos el acertijo de la Esfinge, o el de Edipo, el enigma de los sofistas y los académicos. El tan llamado pensamiento mágico (ilusorio, soñador) también corresponde a una etapa definida en el desarrollo de la mente. Aparece como tema principal en los cuentos de hadas, a menudo caracterizando algo del pasado, como cuando los cuentos se refieren "al tiempo cuando los deseos eran todavía útiles". El desear que algo le suceda mágicamente a alguien se basa en la misma idea. Grimm, en su mitología germana, apunta a la conexión entre los deseos, la imaginación y el pensamiento. De acuerdo a él:

"Un antiguo nombre noruego para Wotan u Odin parecía ser Oski, o Deseo, y las Valkirias también eran llamadas Damas del Deseo. Odin, el dios-viento errante, el señor del ejercito de espíritus, el inventor de las runas, es un típico dios espíritu, pero de forma primitiva, más cercano a la naturaleza".

Como tal, es el dios de los deseos. El es no solo el que otorga aquello que es bueno y perfecto, como se lo entiende desde los deseos, sino es aquel que, cuando se lo invoca, puede crear por medio del deseo. Grimm dice, "El deseo es el poder creador, rítmico, efusivo, portador: Es el poder que da forma, imagina, piensa, y es por lo tanto, imaginación, idea, forma". Y en otro lugar escribe: "En Sánscrito "deseo" es llamado curiosamente manoratha, la rueda de la mente. Es el deseo el que hace girar la rueda del pensamiento".

El Animus de la mujer en su aspecto divino y sobrehumano es comparable a ese espíritu y dios-viento. Encontramos al Animus en una forma similar en los sueños y las fantasías, y este personaje-deseo es peculiar al pensamiento femenino.

Si tenemos en cuenta que la facultad de la imaginación es para el hombre nada menos que el poder de crear, a voluntad, una imagen mental de cualquier cosa que él elija, y que a esta imagen, a pesar de ser inmaterial, no se le puede negar su realidad, entonces podemos entender porqué a imaginar, pensar, desear y crear se los ha catalogados como equivalentes. Es posible que una realidad espiritual, o sea, un pensamiento o una imagen, pueda ser tomada como real y concreta, especialmente en un nivel relativamente inconsciente, donde la realidad externa e interna no están bien diferenciadas sino que fluyen una dentro de la otra. En los primitivos, también, se encuentra este equivalente entre lo externo y concreto y la realidad interior espiritual. (Lévy-Bruhl da muchos ejemplos de esto, pero esto nos desviaría del tema). El mismo fenómeno se expresa claramente en la mentalidad femenina.

Profundizando un poco, nos sorprende sobremanera descubrir cuán frecuentemente pensamos que las cosas suceden de cierta forma, o que una persona que nos interesa hace esto o aquello o va a hacer lo otro. No hacemos pausa para comparar estas intuiciones con la realidad. Estamos convencidos de la verdad de esas ideas o al menos nos inclinamos a suponer que la simple idea es cierta y que corresponde a la realidad. Otras fantasías son tomadas como reales y pueden a veces hasta aparecer en forma concreta. Una de las actividades del Animus más difíciles de percibir está en esta área, o sea, la construcción de la imagen-deseo de uno mismo. El Animus es un experto en influir, bosquejar y dar forma plausible a la imagen propia, tal como nos gustaría que nos vieran, por ejemplo, la "amante ideal", la "atractiva niña desvalida", la "abnegada doncella", la "persona extraordinaria y especial", la que "nació para algo mejor", y así sucesivamente. Esta actividad le otorga al Animus poder sobre nosotras hasta que, voluntariamente o a la fuerza, decidamos sacrificar esa colorida y hermosa imagen y nos veamos tal cual somos realmente.

Frecuentemente, la mentalidad femenina cae en una cavilación retrospectiva orientada a pensar en lo que deberíamos haber hecho distinto con nuestra vida o como deberíamos haberlo hecho mejor; de esta forma armamos series de conexiones causales. Nos gusta llamar a esto "pensamiento", pero en realidad es una forma de actividad mental improductiva y sin sentido, una actividad mental que ciertamente conduce solo al propio tormento. Aquí también se observa una falla característica que es la de no poder discriminar entre lo que es real y lo que es imaginario.

Podríamos decir entonces, que mientras no se ocupe de del sentido común practico, el pensamiento femenino no se puede considerar como tal, sino más bien como un soñar, imaginar, desear, o temer (o sea, deseo negativo). El poder y autoridad que ejerce el Animus se puede explicar en parte por una dificultad para distinguir entre la imaginación y la realidad. Dado que lo que le es propio a la mente -es decir, el pensamiento- posee un carácter de realidad indiscutible, lo que dice el Animus también parece ser indiscutiblemente cierto. Y ahora llegamos a la magia de las palabras. Una palabra, al igual que una idea, tiene el efecto de realidad para las mentes indiferenciadas. El mito bíblico de la creación, por ejemplo, donde el mundo emana de la palabra de su Creador, es una expresión de esto. El Animus también posee el poder mágico de las palabras, y por lo tanto, los hombres que tiene el don de la oratoria pueden ejercer un fuerte poder sobre las mujeres, tanto para bien como para mal. ¿Me equivoco al decir que la magia de la palabra, el arte de hablar, es la cualidad en un hombre de la que una mujer muy frecuentemente cae presa y seducida? Pero no es sólo la mujer la que cae bajo el hechizo de la magia de la palabra, el fenómeno es válido en todas partes. Desde las sagradas runas de la antigüedad, los mantras Indios, las oraciones, y las formulas mágicas de toda índole, hasta las expresiones técnicas y los eslogans de nuestro tiempo, todas son testigos del poder mágico del espíritu que se ha hecho palabra. Sin embargo, se puede decir que la mujer es más susceptible a tal hechizo que un hombre del mismo nivel cultural. El hombre, por naturaleza, tiene la necesidad de entender las cosas con las que se encuentra; los niños muestran predilección por desarmar sus juguetes para ver como son adentro o como funcionan. En una mujer, esta necesidad es menor. Ella puede operar maquinas o instrumentos sin siquiera ocurrírsele o interesarle como están construidos. Igualmente, ella se puede impresionar con una palabra cuyo sonido le resulte significativo sin saber lo que quiere decir. El hombre tiende mucho más a buscar su acepción o significado.

La manifestación más peculiar del Animus no aparece en una imagen formada (Gestalt) sino más bien en palabras (logos, que también significa palabra). Llega a nosotros como una voz que hace comentarios sobre todo lo que nos ocurre y que generalmente imparte reglas de conducta. Así es como frecuentemente percibimos que el Animus es diferente del ego, mucho antes de que se cristalice en una figura personal. Por lo que he podido observar, esta voz se expresa principalmente de dos maneras. Primero, la oímos desde una crítica, generalmente un comentario negativo acerca de algún hecho o acción nuestros, como un examen puntual de todos nuestros motivos e intenciones; esto naturalmente provoca sentimientos de inferioridad y tiende a frustrar cualquier iniciativa o deseo de auto-expresión. De vez en cuando, esta misma voz puede brindar un halago exagerado; el resultado de estos juicios extremos es que oscilamos entre una consciencia de total inutilidad y un sentido desproporcionado (inflado) de nuestro propio valor e importancia. La segunda manera de hablarnos está más o menos exclusivamente ligada a emitir órdenes o prohibiciones y a pronunciar puntos de vista comúnmente aceptados. Me parece que aquí están expresados dos lados importantes del logos. Por un lado, tenemos lo que es discriminación, juicio y entendimiento; por el otro, el compendio y establecimiento de normas.

Podríamos concluir tal vez que en la primera instancia, la figura del Animus aparece como una persona, mientras que en la segunda aparece como una pluralidad, una especie de Consejo. La discriminación y el juicio son principalmente individuales, mientras que la instauración y puesta en práctica de normas presupone un acuerdo por parte de muchos y es por lo tanto mejor expresado por un grupo. Es bien sabido que es raro en la mujer una facultad mental realmente creativa. Hay muchas mujeres que han desarrollado su poder de pensamiento, discriminación y criticismo a un alto grado, pero hay muy pocas que son realmente creativas tal como el hombre. Hay un dicho malicioso que dice que si el hombre no hubiera inventado la cuchara, ¡aun estaríamos revolviendo la sopa con un palillo!

La creatividad de la mujer encuentra su expresión en la esfera del vivir, no sólo en su función biológica como madre sino en el dar forma a la vida en general, sea a través de su actividad como educadora, como compañera del hombre, como madre en su hogar o en alguna otra forma. El desarrollo de relaciones es elemental para dar forma a la vida, y este es el verdadero campo del poder creativo femenino. Entre las artes, el teatro es el ámbito en el que la mujer puede lograr igualdad con el hombre. En la actuación, la gente, las relaciones y la vida toman forma, así que allí es donde la mujer es tan creativa como el hombre. También nos encontramos con elementos creativos en los productos del inconsciente, en los sueños, fantasías o frases que le nacen espontáneamente a la mujer. Estos contienen con frecuencia pensamientos, visiones, verdades, que son de una naturaleza puramente objetiva y absolutamente impersonales. La mediación entre tal conocimiento y tal contenido es esencialmente la función del Animus superior. En los sueños a menudo encontramos símbolos científicos abstractos que rara vez se pueden interpretar a nivel personal, sino que representan descubrimientos objetivos que dejan a la soñante totalmente asombrada. Esto es más evidente en las mujeres que tienen una función de pensamiento poco desarrollada o tienen un bajo nivel cultural. 

Conozco una mujer en quien la función pensamiento es la "función inferior" y cuyos sueños generalmente mencionan problemas de astronomía o física, y también sobre diversos temas técnicos. Otra mujer, bastante irracional como función superior, cuando se le pidió que reproduzca algo del contenido inconsciente, dibujó figuras geométricas, estructuras de cristales, como las que se encuentran en los textos de geometría o mineralogía. Para otras, el Animus les otorga visiones del mundo y la vida que van más allá de su pensamiento consciente y muestran una cualidad creativa indudable. Sin embargo, el campo donde florece la actividad creativa de la mujer más claramente es en el de las relaciones humanas. El factor creativo emana desde el sentimiento unido a la intuición o la sensación, más que desde la mente en el sentido del logos. Aquí el Animus se puede tornar peligroso porque penetra en la relación en el lugar del sentimiento, haciéndola imposible o muy difícil. Puede suceder que en vez de comprender una situación -o a otra persona- a través del sentimiento y la correspondiente acción, pensamos algo sobre la situación o la persona y ofrecemos entonces una opinión, en lugar de una reacción humana. Esto puede ser correcto y bien intencionado hasta inteligente, pero no causa el efecto deseado, hasta puede causar el efecto contrario pues es correcto solo de una manera objetiva. Subjetivamente, desde un lugar humano, esto es dañino, pues en un momento dado, la pareja, o la relación podrían ser mejor asistidas por la empatia del sentimiento que por el discernimiento o la objetividad. Sucede a menudo que una mujer asume tal actitud objetiva creyendo que se está comportando admirablemente, pero la realidad es que arruina la situación completamente. 

Es sorprendente lo difícil que es darse cuenta que el discernimiento, la razón y la objetividad son inadecuadas en ciertas circunstancias. Sólo puedo explicar esto por el hecho de que las mujeres acostumbran pensar que la forma masculina de encarar ciertas cosas es más conveniente o mejor que la femenina, hasta superior a ella. Creemos que la actitud objetiva masculina es mejor en ciertos casos que la femenina, más personal. Esto es especialmente cierto en las mujeres que han logrado un nivel de conciencia y apreciación por los valores racionales.

Aquí llego a una importante diferencia entre el problema del Animus de la mujer y el Anima del hombre, diferencia que me parece no haber recibido la debida atención. Cuando un hombre descubre su Anima y llega a un acuerdo con ella, debe asumir algo que siempre le pareció inferior a él. Cuenta poco el hecho de que la figura del Anima, sea esta una imagen o una persona real, sea tan fascinantemente atractiva y por lo tanto valiosa. Hasta ahora en nuestro mundo, el principio femenino siempre fue percibido como inferior cuando se lo comparó con el masculino. Recientemente hemos comenzado a hacerle justicia. Expresiones tales como "sólo una niña lo haría" o "un niño no haría eso" se les dice frecuentemente a los niños para sugerirles que su conducta es reprochable. A su vez, nuestras leyes nos muestran claramente cuan amplio es el concepto de inferioridad de la mujer, y como ha prevalecido. Aun hoy, en muchos lugares, la ley coloca al hombre abiertamente en una posición de privilegio con respecto a la mujer, convirtiéndolo en su guardián, en muchos casos. Como resultado, cuando el hombre establece una relación con su Anima, debe descender de una altura, superar la resistencia -o sea, su orgullo- y aceptar que ella es la "Dama Soberana" (Herrín) como la llamó Sitteler, o en las palabras de Rider Haggard, "Aquella-que-debe-ser-obedecida". 

En la mujer, la situación es diferente. No nos referimos al Animus como "Aquel-a-quien-hay-que-obedecer", sino más bien lo opuesto, porque es muy fácil para la mujer obedecer la autoridad del Animus -o del hombre real- de manera servil. Ella puede creer que conscientemente no es asi, pero la idea de que lo masculino es superior a lo femenino está en su sangre. Este es un elemento que realza el poder del Animus. Lo que nosotras las mujeres debemos superar en nuestra relación con el Animus no es el orgullo sino la falta de auto-confianza y la resistencia a la inercia. Para nosotras, no es que tenemos que rebajarnos (a menos que nos hayamos identificado con el Animus) sino más bien elevarnos. En esto, a veces fallamos por falta de coraje o fuerza de voluntad. Nos parece presuntuoso oponer nuestra propia convicción a los dictámenes del Animus, que nos parecen generalmente validos. Para una mujer, elevarse hasta el punto de lograr una independencia espiritual tiene un alto costo. Pero, sin esta especie de rebelión nunca será libre del poder del tirano, nunca se encontrará a si misma, no importa cuanto sufra. Visto desde afuera, a menudo parece lo contrario; con frecuencia se observa en la mujer una seguridad y aplomo arrogantes, poca o nada de modestia o falta de confianza. En realidad, esta actitud desafiante, auto-afirmada, y agresiva debería estar dirigida al Animus, como a veces se intenta, pero generalmente es una señal de una identificación más o menos profunda con él (Animus).

No es sólo en Europa donde sufrimos esta especie de veneración por el hombre, esta excesiva valoración de lo masculino. En América también donde se acostumbra a hablar del culto a la mujer, la actitud no parece ser diferente. Una médica Americana, de amplia experiencia, me ha dicho que todas sus pacientes mujeres sufren de un desprecio por su condición de mujer, y que en todas ellas trata de impulsar la necesidad de darle a lo femenino su debido valor. Por otro lado, hay muy pocos hombres que menosprecien su sexo; al contrario, están muy orgullosos de él. Hay muchas muchachas que quisieran ser varón, pero un joven que deseara ser mujer seria considerado hasta como pervertido. El resultado lógico de esta situación es que la posición de la mujer con respecto a su Animus es muy diferente que la del hombre en relación con su Anima. Y debido a esta diferencia en actitud, muchos fenómenos que el hombre no puede entender como relacionados a la experiencia de su Anima, deben ser atribuidos al hecho de que en estos temas, la tarea del hombre y de la mujer es diferente. De seguro la mujer no escapará al sacrificio. Evidentemente, para que ella pueda tomar consciencia debe renunciar a su especial poder femenino; debido a su inconsciencia, ella ejerce una influencia mágica sobre el hombre, un encanto que le otorga poder sobre el. Como ella siente este poder instintivamente y no desea perderlo, a menudo se resiste al proceso de hacerse consciente, aunque lo referente al espíritu le parezca merecer el sacrificio. Muchas mujeres se mantienen falsamente a si mismas en ese estado de inconsciencia solamente para evitar hacer ese sacrificio. Cabe destacar que con mucha frecuencia, el hombre contribuye a perpetuar esta situación. Muchos de ellos se complacen en la inconsciencia de la mujer y se inclinan a oponerse al desarrollo y expansión de la consciencia de ellas porque les parece incómodo e innecesario.

Otro punto a veces pasado por alto y que yo quisiera mencionar, recae en la función del Animus en contraste a la del Anima. Usualmente decimos, como al pasar, que el Animus y el Anima son los mediadores entre los contenidos inconscientes y la consciencia, queriendo significar que ambos realizan la misma tarea. Esto es cierto de manera general, pero me parece importante señalar la diferencia de roles que juegan el Animus y el Anima. La transmisión de los contenidos inconscientes en cuanto a hacerlos visibles es el rol especial del Anima. Ayuda al hombre a percibir aquellas cosas, de otro modo oscuras para el. Condición necesaria para esto es una cierta atenuación de la consciencia, es decir, colocarse en una consciencia más femenina, menos incisiva y penetrante que la del hombre, la cual le permita percibir con mayor claridad cosas que aún son sombrías. Los dones de la mujer como visionaria, su capacidad intuitiva siempre han sido reconocidos. Ella tiene la capacidad y el poder de enfocar su visión en lo que está oscuro, y el poder de ver lo que está oculto al común de la gente. Esta visión, esta percepción de lo que de otro modo seria invisible, se le hace posible al hombre gracias a su Anima.

Con el Animus, el énfasis no recae en la mera percepción -que como se ha dicho ya es un don de la mujer- sino que fiel a la naturaleza del logos, el foco está puesto en el conocimiento, y especialmente en el intelecto. La función del Animus es la de dar significado en lugar de imagen.

Sería un error pensar que estamos utilizando al Animus si nos volcamos a las fantasías pasivas. No debemos olvidar que, como regla general, no es ningún logro para la mujer darle lugar a sus fantasías; los hechos irracionales y las imágenes cuyo significado no es comprendido parecen algo natural en ella; para el hombre, en cambio, ocuparse de estas cosas es un logro, una especie de sacrificio de la razón, un descenso desde la luz hacia las tinieblas, de lo claro hacia lo turbio.

Sólo con dificultad aceptará el hombre que aquellos contenidos del inconsciente aparentemente incomprensibles o sin sentido pueden, no obstante, tener valor. Más aun, la actitud pasiva que esas visiones exigen tiene poco que ver con la naturaleza activa del hombre. Para la mujer esto no es lo difícil; ella no tiene limitaciones acerca de lo irracional, no necesita encontrar inmediatamente un significado para todo, no tiene problema en fluir con pasividad ante los hechos externos. Ella, para quien el inconsciente no es fácilmente accesible y que sólo encuentra acceso al mismo con dificultad, ve al Animus como un obstáculo más que una ayuda, cuando éste trata de hacerle entender y analizar cada imagen que aparece antes de permitirle su asimilación. El Animus debería ejercer su influencia especial sólo después que estos contenidos han entrado en la conciencia y han tomado forma. Únicamente entonces la ayuda del Animus es valiosa pues nos permite entender y encontrar un significado. A veces, el significado nos es transmitido directamente desde el inconsciente, no a través de imágenes o símbolos, sino por destellos de conocimiento ya expresados en palabras. Esta es una forma característica de manifestación del Animus. A pesar de esto, no es fácil descubrir si estamos tratando con una opinión válida, familiar, hasta colectiva, o con el resultado de nuestra propia introspección. Para aclarar este punto, se requiere de una reflexión consciente así como de la capacidad de distinguir qué es Animus de lo que es una misma.


El Animus tal como aparece en imágenes del inconsciente

Luego de mi intento de demostrar como se manifiesta el Animus externamente y en la consciencia, quisiera ahora discutir cómo lo representan las imágenes del inconsciente, y como aparece en sueños y fantasías.

Aprender a reconocer esta figura y mantener ocasionales charlas y debates con él, forma parte de los pasos importantes en el camino que nos lleva a discriminar al Animus de nosotras mismas. El reconocimiento del Animus como imagen o figura dentro de la psiquis marca el comienzo de una nueva dificultad. Esto se debe a su multiplicidad. Oímos decir a los hombres que el Anima casi siempre aparece en formas definidas que son más o menos las mismas en todos los casos; es la madre o la amada, hermana o hija, amante o esclava, sacerdotisa o bruja; en ocasiones aparece con características contrastantes, clara y oscura, abnegada y destructiva, por momentos noble y en otros innoble y traicionera.

Por el contrario, para las mujeres el Animus aparece como una pluralidad de hombres, como un grupo de padres, un consejo, una corte o una reunión de sabios, o también como un artista que cambia de forma a su antojo y hace gala de todo tipo de atributos. Explicaré esta diferencia de la siguiente manera: el hombre ha experimentado a la mujer sólo como madre, amada, etc, o sea, siempre relacionada con él mismo. Estas son las formas en las que se ha presentado la mujer, las formas en las que siempre ha cumplido su destino. Por el contrario, la vida del hombre ha tomado siempre formas diversas debido a que su tarea biológica le ha dejado tiempo para muchas otras actividades. Concerniente al terreno más amplio de actividades del hombre, al Animus puede aparecer como un representante o maestro con alguna habilidad o conocimiento. La figura del Anima, sin embargo, se caracteriza por el hecho que todas sus formas tienen que ver con las relaciones. Aun si el Anima aparece como una sacerdotisa o bruja, la figura establece siempre una especie de relación con el hombre a cuya Anima corporiza, de manera que o bien lo inicia o lo embruja. Recordemos a Rider Haggard en su libro "She", donde muestra como esta especial relación data de siglos atrás.

Como he dicho anteriormente, la figura del Animus no necesariamente expresa una relación. Con referencia a la orientación del hombre y como principio del logos, esta figura puede entrar en escena de manera puramente objetiva, como sabio, juez, artista, aviador, mecánico. Con bastante frecuencia aparece como el "extraño". Tal vez esta forma en particular es la más peculiar pues para la mente puramente femenina, el espíritu representa lo que es extraño y desconocido.

La habilidad de asumir diferentes formas parece ser una cualidad del espíritu; como la movilidad, el poder de atravesar grandes distancias en corto tiempo, es distintivo de la cualidad que el pensamiento comparte con la luz. Esto se conecta con la clase de pensamiento-deseo ya mencionada. Por lo tanto el Animus aparece a menudo como un aviador, chofer, esquiador o bailarín donde la levedad y la rapidez tienen más énfasis. Ambas características, velocidad y mutabilidad, se encuentran en muchos mitos y cuentos de hadas, como atributos de dioses y magos. Wotan, el dios-viento y líder del ejercito de espíritus ya ha sido mencionado; Loki, el que porta las llamas; Mercurio, de los pies alados, también representa este aspecto del logos y sus cualidades de vivencia, movimiento, inmaterialidad, sin las cuales solo quedaría limitado a un dinamismo que solo expresaría la posibilidad de una forma, como el espíritu que "sopla donde se le antoja".

En los sueños y fantasías, el Animus aparece principalmente en la figura de un hombre: padre, amante, hermano, maestro, juez, sabio; hechicero, artista, filosofo, académico, constructor, monje (especialmente Jesuíta); o como un comerciante, aviador, chofer, etc, en suma, como un hombre que se distingue de alguna manera por sus capacidades mentales u otras cualidades masculinas. En un sentido positivo, puede ser un padre benévolo, un amante fascinante, un amigo comprensivo, un guia superior; o por otro lado, puede ser un tirano violento y cruel, un moralista, un censor, un seductor y explotador, y a menudo, un pseudo héroe que fascina con una mezcla de brillo intelectual e irresponsabilidad moral. A veces se lo representa como un muchacho, un hijo o un joven amigo, especialmente cuando el componente masculino en la mujer está en armonía. En muchas mujeres, como he dicho antes, el Animus prefiere aparecer de manera múltiple, como un Consejo que emite juicios sobre todo lo que esta pasando, temas, preceptos prohibiciones, o anuncia ideas generalmente aceptadas aparece como una persona con una máscara cambiante o como muchas personas al mismo tiempo dependiendo de los dones naturales de la mujer en cuestión, o de su etapa de evolución en un momento dado. No puedo explayarme aquí sobre las formas diversas, personales y extraordinarias del Animus, y por lo tanto debo contentarme con una serie de sueños y fantasías que muestran como se presenta a si mismo a la mirada interna, como aparece a la luz del mundo onírico. Estos son ejemplos en los que el carácter arquetipal de la figura del Animus se ve claramente en su rol de iniciador de desarrollo o evolución. Las figuras en esta serie de sueños se le aparecieron a una mujer para quien, en ese momento, su actividad mental se había convertido en un problema, y la imagen del Animus se había comenzado a desprender de la persona sobre la que estaba proyectada:

Apareció un monstruo con cabeza de pájaro cuyo cuerpo tenia forma de una bolsa que podía tomar la forma que quisiese. Este monstruo, decían, había poseído ai hombre en el cual proyectaba el Animus, y a la mujer se le avisaba que se proteja de él pues le gustaba devorar gente, y si esto sucedía, la gente no se moría enseguida sino que continuaba viviendo dentro de este monstruo.

La forma de bolsa apuntaba a algo todavía en su estadio inicial. Sólo la cabeza, el órgano principal del Animus, estaba diferenciado. Era la cabeza de una criatura del aire; el resto podía tomar cualquier forma que quisiese. La voracidad indicaba una necesidad de expansión y desarrollo de esta entidad indiferenciada. El atributo de la voracidad se ilumina al citar un pasaje del Khandogya Upanishad que trata sobre la naturaleza de Brahma. Dice allí:

"El viento es en verdad el Todo-Devorador, pues cuando se extingue el fuego, se eleva hacia el viento, cuando se pone el sol, va hacia el viento, cuando la luna se pone, va hacia el viento, cuando las aguas se secan, van hacia el viento, pues el viento los consume a todos”. Así es con respecto a la divinidad. Y ahora con respecto al Sí-mismo: “El aliento es en verdad el Todo-Devorador, pues cuando el hombre duerme, el habla va hacia el aliento; el ojo va hacia el aliento, el oído también, y los manas, pues el aliento los consume a todos. Estos son pues los dos Todo-Devoradores; viento entre los dioses, y aliento entre los hombres vivos”.

Junto a esta criatura de aire con cabeza de pájaro, se le apareció a la mujer una especie de espíritu de fuego, un ser elemental que era solo una llama en perpetuo movimiento, que se llamaba a si mismo "madre inferior". Tal figura materna en contraste con la celestial, etérea madre, corporiza lo femenino primordial como un poder que es pesado, oscuro, terreno, un poder conocedor de la magia, ahora benévolo, hechicero, sobrenatural y con frecuencia destructivo. Su hijo, seria entonces un espíritu de fuego, que recuerda a Logi o Loki de la mitología nórdica, que esta representado por un gigante dotado de poder creativo y al mismo tiempo un pillo seductor y ladino, más parecido a nuestro prototipo del diablo. En la mitología griega, le corresponde a Hefestos, dios del fuego de la tierra, pero éste en su actividad de herrero apunta a un fuego controlado, mientras que el nórdico Loki incorpora una fuerza natural más elemental y descontrolada. Este espíritu de fuego terreno, el hijo de la madre inferior, es cercano a la mujer y familiar a ella. Se expresa positivamente en la actividad práctica y en su trato artístico. Y lo hace negativamente en estados de tensión o explosiones de afecto y con frecuencia, en una forma dudosa y calamitosa, actúa como cómplice de lo femenino primordial en nosotras, convirtiéndose en el instigador o fuerza auxiliar en lo que se conoce como "demonios femeninos o sortilegios de brujas". Se lo puede definir como un logos inferior o menor, en contraste a la forma más elevada que apareció en la criatura aérea con cabeza de pájaro y que corresponde al dios viento-y-espíritu. Wotan o el Hermes que guía a las almas hacia Hades. Ninguno de estos, sin embargo, nació de la madre inferior, ambos pertenecen solo a un padre distante y celestial.

El tema principal de la forma cambiante vuelve una vez más en el siguiente sueño donde se exhibe un cuadro de titulo "Urgo, el Dragón Mágico":

En un cuadro se representaban una serpiente o criatura con forma de dragón y una muchacha que estaba bajo su poder. El dragón tenia la habilidad de estirarse en todas direcciones para que la muchacha no pudiese evadir su contacto; ante cualquier movimiento de ella, el se extendía hacia ese lugar y le hacia imposible escapar.

La muchacha, que puede ser interpretada como el alma, en el sentido de la individualidad inconsciente, es una figura recurrente en estos sueños y fantasías. En ese cuadro onírico ella tenia sólo un bosquejo sombrío, con rasgos borrosos. Aun así, completamente bajo el control del dragón, cada uno de sus movimientos era observado y medido por él de modo que no había escapatoria posible para ella. Sin embargo, se ve una evolución en la siguiente fantasía narrada en India:

Un mago hace que una de sus bailarinas actúe delante del rey. Hipnotizada por su magia, la muchacha baila una danza de transformaciones, en la cual, arrojando un velo tras otro, ella va convirtiéndose a una serie de heterogéneos personajes, tanto humanos como Animales. Pero en un momento, a pesar de estar hipnotizada por el mago, el rey ejerce una influencia misteriosa sobre ella. Ella cae cada vez más en éxtasis. Desoyendo la voz del mago que le ordena detenerse, baila sin parar, hasta que finalmente como si su cuerpo fuese el último velo, cae al suelo muerta convertida en un esqueleto. Sus restos son enterrados; sobre la tumba crece una flor, de la flor, a su vez, sale una mujer.

Aquí tenemos el mismo leitmotiv o tema principal, una joven bajo el poder de un mago que le ordena y ella obedece. Pero en la figura del rey, el mago tiene un oponente que pone límite a su poder sobre la muchacha y logra que ella ya no baile por orden de él sino por propia voluntad. La transmutación, sólo sugerida anteriormente, ahora se vuelve realidad pues la bailarina muere y entonces emerge de la tierra transformada y purificada. La dualidad del Animus aquí es importante; por un lado es un mago, por el otro es un rey. En el mago, representa la forma inferior del Animus, la del poder de la magia; hace que la muchacha asuma diferentes roles; mientras que el rey, encarna el principio superior que provoca una real transformación, no solo una dramatización de la misma. Una función importante del Animus personal, es decir, superior, es la de un verdadero psicopompo que inicia y acompaña la transformación del alma.

Una variación de este tema se da en el mismo tipo de sueño: la muchacha tiene un amante fantasma que vive en la luna, y que viene regularmente con la luna nueva para recibir el sacrificio de sangre que ella debe ofrecerle. En el intervalo, la muchacha vive libre entre la gente, como un ser humano. Pero al acercarse la luna nueva, el espíritu la convierte en una bestia rapaz y, obedeciendo a una fuerza irresistible, debe subir hacia una colina y ofrecerle a su amante el sacrificio. Este sacrificio, sin embargo, transforma al espíritu lunar, y él mismo se convierte en la piedra de sacrificio, que se consume a si misma pero se renueva nuevamente, y la sangre humeante se convierte en una planta de la cual nacen muchas hojas y flores de distintos colores. En otras palabras, por medio de la sangre recibida, es decir, la energía psíquica que se le brinda, el principio espiritual pierde su carácter destructivo y peligroso y recibe una vida independiente, una actividad propia. El mismo principio aparece como Barba Azul, una forma de Animus bien conocida que nos llegó en forma de cuento. Barba Azul seduce a las mujeres y las destruye secretamente y por motivos igualmente secretos. En nuestro caso lleva el curioso nombre de Amandus. Engaña a las muchachas para que entren en su casa, les da a beber vino y luego las lleva a un cuarto subterráneo donde las mata. Mientras se prepara para esto, la muchacha cae en una especie de intoxicación. En un repentino impulso de amor, ella abraza a su asesino, quien es inmediatamente despojado de su poder y se disuelve en el aire, luego de prometerle quedarse a su lado en el futuro, como un espíritu guia. Al igual que fue roto el fantasmal encantamiento del consorte-luna por medio del sacrificio de sangre -la energía psíquica-, así también aquí, al abrazar al terrible monstruo, la muchacha destruye su poder a través del amor.

En estas fantasías, observo señales de una importante forma arquetipal de Animus para la que existen paralelos mitológicos, como por ejemplo, el mito de Dionisio. La inspiración extática que poseyó a la bailarina en nuestra primera fantasía y la que atrapo a la muchacha en la historia de Barba Azul-Amandus, es un fenómeno característico del culto Dionisíaco. Se observa también que son las mujeres las que sirven al dios y son penetradas por su espíritu. Roscher hace hincapié en el hecho de que este servicio que las mujeres dan a Dionisio es contrario a la costumbre de que a los dioses los atiendan personas de su propio sexo.

En la historia del espíritu-luna, el sacrificio de sangre y la transformación de la muchacha en un Animal son temas que también encuentran paralelo en el culto a Dionisio. Allí, las desenfrenadas ménades sacrificaban o desmembraban Animales vivos, en un rapto de locura inducido por el dios. Las celebraciones dionisíacas también se diferenciaban de los otros cultos a los dioses olímpicos en que se llevaban a cabo de noche, en el bosque, al igual que en nuestra fantasía donde el sacrificio de sangre se llevaba a cabo de noche al tope de una montaña. Algunas figuras conocidas de la literatura vienen a la memoria en conexión con esto, por ejemplo, The Flying Dutchman (el holandés volador), The Pied Pier of Hamelin or the Rat Catcher (el flautista de Hamelin, o el cazador de ratas), y The Water Man o Elfin King (el Aguatero o Rey Duende) de las canciones tradicionales. Todos ellos emplean la música para engañar a las doncellas y llevarlas a su territorio (sea agua, bosque, castillos, etc.). El "Extraño" en la novela de Ibsen "Lady from the Sea" (dama del mar), es otra figura de este tipo en un entorno moderno. Tomemos por un momento al Flautista de Hamelin como forma característica de Animus. El cuento es conocido: él atraía a las ratas con la música de su flauta; tenían que seguirlo y no sólo las ratas, también los niños de la ciudad -que no había querido pagarle por sus servicios- se sentían irresistiblemente atraídos por él y desaparecían luego en una montaña. Esto nos recuerda a Orfeo que podía sacar un sonido tan mágico de su lira que tanto hombres como bestias se sentían forzados a seguirlo. Este sentimiento de estar irresistiblemente seducido y llevado a lugares desconocidos, a bosques, aguas, montañas o aun al mundo subterráneo, es un fenómeno típico del Animus, y es difícil de explicar; sucede que, al contrario de otras actividades del Animus, este no lleva a la consciencia sino al inconsciente, como se muestra en las desapariciones dentro de la naturaleza o el mundo subterráneo. La Espina del Sueño, de Odin que sumía en un profundo sueño a quien la tocaba, es un fenómeno similar.

El mismo tema está claramente expresado en la obra de Sir James M. Barrie, Mary Rose. En ella, Mary Rose, que había acompañado a su marido en un viaje de pesca, se suponía que estaría esperándolo en una pequeña isla llamada "La-Isla-que-quiere-ser-visitada". Pero, mientras lo espera, escucha que alguien dice su nombre; ella sigue la voz y desaparece. Luego de varios años reaparece exactamente igual como estaba el día de su desaparición, y está convencida que sólo paso unas pocas horas en la isla.

Lo que se manifiesta aquí como el evaporarse en la naturaleza o el mundo subterráneo, o como el pinchazo de una espina, lo experimentamos todos los días cuando nuestra energía psíquica se retrae de la consciencia y de todas las actividades de la vida, desapareciendo dentro de otro mundo, no sabemos cual. Cuando esto sucede, el mundo al que accedemos es más o menos una fantasía consciente o tierra de fábula, donde todo es como lo deseamos o se acomoda para compensar el mundo externo. A menudo estos mundos se hallan tan lejanos y a tal profundidad que no tenemos recuerdo de ellos en nuestra vigilia consciente. Notamos, quizás, que hemos sido arrastrados a algún lugar pero que desconocemos, y aun cuando volvemos en si, no podemos precisar que sucedió en el intervalo.

Para distinguir más de cerca la forma del espíritu que actúa durante estos fenómenos, podríamos comparar sus efectos a los de la música. La atracción y el rapto son frecuentemente provocados por la música, como en el caso de El Flautista de Hamelin. La música puede entenderse como una objetivación del espíritu; no expresa al conocimiento desde el sentido de la lógica común o intelectual, tampoco importa su forma; brinda una representación sensual a nuestras más profundas asociaciones y leyes inmutables. En este sentido, la música es espíritu; espíritu que lleva a distancias oscuras más allá del alcance de la consciencia; su contenido apenas puede expresarse con palabras -es extraño que pueda expresarse más fácilmente con números- aunque, simultáneamente lo hace con el sentimiento y la sensación. Aunque parezca paradójico esto nos muestra que la música nos transporta a las profundidades donde el espíritu y la naturaleza aun son uno -o se han vuelto uno, nuevamente-. Por esta razón, la música constituye una de las más importantes y primordiales formas en las que la mujer experimenta al espíritu. De aquí la importancia que la danza y la música tienen como medio de expresión de la mujer. La danza ritual está claramente basada en contenidos espirituales.

Este arrebato por parte del espíritu hacia regiones musicales cósmicas, lejanas del mundo de la consciencia, forma la contra cara de la mentalidad consciente de las mujeres, que está generalmente dirigida solo a las cosas muy inmediatas y personales. Tal experiencia de arrobamiento, sin embargo no está en absoluto exenta de daño o ambigüedad. Por un lado, puede no ser más que un lapso hacia el inconsciente, un hundirse en ese estado de ensueño, un deslizarse en la naturaleza, equivalente a regresar a un nivel primario de consciencia y por lo tanto, inútil y hasta peligroso. Por otro lado, puede significar una genuina experiencia religiosa, por lo tanto, de gran valor.

Junto a las figuras ya mencionadas que muestran al Animus en su aspecto misterioso y peligroso, existen otras figuras de diferente tipo. En el caso que estamos discutiendo, es un dios con cabeza de estrella, que guarda en su mano un pájaro azul, que es el pájaro del alma. Esta función de guardián del alma pertenece, al igual que la de guía, a una forma más alta, transpersonal del Animus. Este Animus no se permite cambiar a una función subordinada de la consciencia sino que permanece como una entidad superior y desea ser reconocido y respetado como tal. En la fantasía India sobre la bailarina, este principio masculino espiritual y superior esta encarnado en la figura del rey; así es como él es el comandante, no en el sentido del mago sino en el sentido de un espíritu superior que no posee nada de la tierra o la noche. No es el hijo de la madre inferior sino un embajador de un padre desconocido y distante, un poder de luz transpersonal. Todas estas figuras tienen el carácter de arquetipos -de aquí los paralelos mitológicos- como tal son impersonales o transpersonales, aun cuando su tendencia sea orientarse al individuo y a relacionarse con él/ella. Con ellos aparece el Animus personal que pertenece a ella como individuo; es decir, el elemento masculino o espiritual que más se corresponde a sus dones naturales y que aspira a una evolución, hacia función consciente, armonizada con la totalidad de su personalidad. Aparece en los sueños como un hombre al que ella está unida, ya sea por lazos afectivos o por sangre, o por una actividad en común. Aquí se encuentran otra vez las formas superiores e inferiores del Animus, a veces reconocible por las señales positivas y negativas. A veces es un amigo largamente buscado o un hermano, un maestro que le enseña, un sacerdote que hace una danza ritual con ella, o un pintor que pinta su retrato. Una vez un obrero llamado tal vez "Ernesto" y que viene a vivir en su casa; otras, un joven empleado de nombre "Constantin" que le pide trabajo. En otras ocasiones ella tiene que luchar con un joven impúdico y rebelde o debe ser cuidadosa con un siniestro Jesuíta; otras comerciantes Mefistofélicos le ofrecen toda clase de maravillosas cosas. Una figura especial, que aparece en raras oportunidades, es la del "extraño". Generalmente este ser desconocido, que a pesar de su extrañeza le resulta familiar, le trae como un embajador algún mensaje u orden del lejano Príncipe de la Luz.

Con el paso del tiempo, figuras tales como las descritas aquí se vuelven familiares, tal como sucede con la gente que uno conoce, con la que entabla una relación cercana y se visita a menudo. Empezamos a comprender porqué aparecen de pronto esas figuras. Se puede hablar con ellos, pedirles consejo o ayuda; aunque a veces hay que cuidarse de ellos y su insistencia, y hasta de enojarnos ante su insubordinación. Además, debemos permanecer atentas a que alguna de estas formas del Animus pretenda tener supremacía o dominar nuestra personalidad. Es muy importante poder discriminar entre nosotras y el Animus y limitar su esfera de influencia; sólo haciendo esto es posible liberarnos de las fatales consecuencias de identificarnos con el Animus o ser poseídas por él. Otros factores decisivos en este proceso, además de la capacidad de discriminar, son la ampliación de la conciencia y el reconocimiento del verdadero Yo (Self). Dado que el Animus es una entidad transpersonal, es decir un espíritu común a todas las mujeres, puede relacionarse con la mujer individual como un guía espiritual o un genio benévolo, pero no puede subordinarse a su mente consciente. La situación es diferente con la entidad personal que desea ser asimilada, con el Animus como hermano, amigo, hijo, o sirviente. Enfrentada con uno de estos aspectos del Animus, la tarea de la mujer es crearle un lugar en su vida y personalidad e iniciar alguna labor productiva con esta energía. Generalmente, nuestros talentos, hobbies, etc. ya nos han brindado algún indicio sobre la dirección que puede tomar esta energía y como puede activarse. Con frecuencia los sueños apuntan a este descubrimiento, y siguiendo con la orientación natural, mencionarán que estudios, libros, campo laboral, actividades artísticas o ejecutivas son más apropiados. Ahora, esas tareas sugeridos siempre serán objetivos y prácticos, al igual que la entidad masculina que el Animus representa. La actitud adecuada aquí -o sea, hacer algo por el bien de "él", no por el bien de otro ser humano- es contraria a la naturaleza femenina y sólo puede lograrse con mucho esfuerzo. Pero esto es justamente lo importante; pues de otro modo la exigencia, que es parte de la naturaleza del Animus y por lo tanto justificada, se entrometerá de diferentes formas, reclamando cosas que no sólo son inapropiadas sino que pueden producir efectos contraproducentes.

Además de estas actividades especificas, el Animus puede y debe ayudarnos a ganar en conocimiento y a mirar las cosas de una manera más impersonal. Para la mujer, con su empatia generalmente automática y subjetiva, los logros mencionados son muy valiosos y pueden serle de gran ayuda en un campo tan suyo como las relaciones. Por ejemplo, su propio componente masculino puede ayudarla a entender mejor a los hombres -y esto debe ser enfatizado- pues aunque la función automática del Animus dada, su "objetividad", puede ser perturbadora en las relaciones interpersonales, no obstante, es también importante para el desarrollo y el bienestar de una relación que la mujer pueda tomar una actitud objetiva e impersonal.

Así podemos observar que el Animus no solo se manifiesta en las actividades intelectuales pero que sobre todo hace posible el desarrollo de una actitud más espiritual que nos libera de las limitaciones de un punto de vista demasiado personal y subjetivo. ¡Y qué alivio y ayuda nos brinda el poder elevarnos por sobre nuestros problemas personales hacia otros pensamientos y sentimientos de naturaleza transpersonal los que, por contraste, hacen que nuestras "desgracias" parezcan triviales y menos importantes! Esta actitud y la capacidad de cumplir con la tarea asignada requieren por sobre todo, disciplina, lo que es más difícil para la mujer, quien aun está más cerca de la naturaleza, que para el hombre. No hay duda que el Animus es un espíritu que no permite que lo aten a un carro como a un caballo domesticado. Su carácter va mucho más allá que el de un ser elemental. Nuestro Animus puede a veces demorarse ociosamente con cierto letargo, o confundirnos con sus repentinas y rebeldes inspiraciones, o aun remontarnos hasta impensables alturas. Por eso se necesita de una guía estricta y clara para controlar a este espíritu inestable y sin rumbo, para así obligarlo a trabajar hacia una meta concreta. Para un gran numero de mujeres, sin embargo, esto es diferente. Me refiero a aquellas que, por su estudio o alguna otra actividad artística, ejecutiva o profesional, se han acostumbrado a ser disciplinadas, aun antes de tomar consciencia del problema del Animus como tal. Para ellas, si tienen el suficiente talento, es altamente posible una identificación con el Animus. He podido observar que el problema de cómo ser una mujer surge muchas veces justo cuando la mujer tiene una actividad profesional exitosa. A menudo le sobreviene una insatisfacción por un deseo personal no cumplido, no se trata de valores objetivos, sino de una necesidad de más contacto con la naturaleza y de expresión de la femineidad en general. Con frecuencia, también, el problema aparece porque estas mujeres, sin desearlo, se han enredado en relaciones conflictivas; o por accidente o destino, se tropiezan con situaciones típicamente femeninas en las que no saben como actuar. Entonces su dilema es igual al que enfrenta un hombre con respecto a su Anima; es decir, estas mujeres también se enfrentan a su dificultad para sacrificar lo que, en cierto grado, perciben como un logro superior, una posición de superioridad Tienen que aceptar lo que les parece como de menor valor, la debilidad, lo pasivo, lo subjetivo, lo ilógico, unido a la naturaleza -en una palabra, lo femenino-. Pero a la larga ambos senderos conducen a la misma meta, y cualquier elección que hagamos, los peligros y dificultades son los mismos.

De igual modo, aquellas mujeres para las que la evolución intelectual y la actividad objetiva son secundarias, también están en peligro de ser devoradas por el Animus, es decir, identificarse con él. Por lo tanto, es de suma importancia que tengamos el mayor equilibrio posible para mantener a las fuerzas del inconsciente a raya y conservar al ego conectado con la tierra y la vida. Primero y principal, podemos encontrar ese control interno aumentando la consciencia y el sentimiento firme de nuestra propia individualidad; en segundo lugar, en tareas donde podamos aplicar nuestra capacidad mental; y por último en las relaciones en las que establecemos un lazo humano y una orientación tan inapreciables que contrastan con el carácter transpersonal del Animus. La relación de una mujer con otras mujeres tiene gran significado en este sentido. He tenido oportunidad de observar que en la medida que el problema del Animus se agudiza, muchas mujeres empiezan a mostrar un creciente interés por conectarse con otras mujeres; sienten la relación con sus pares como una necesidad. Quizás sea este el comienzo de la solidaridad entre las mujeres, escasa por cierto, que hoy se hace posible dada la paulatina toma de conciencia del peligro que nos amenaza a todas. Debemos aprender a atesorar y enfatizar los valores femeninos como condición primordial para enfrentarnos al principio masculino que es doblemente poderoso -tanto dentro como fuera de la psiquis-. Pues si este principio logra adueñarse de nuestra psiquis, se convierte en amenaza en ese lugar donde la mujer es especial, el que más le pertenece, donde puede lograr aquello que le resulta más real y para lo cual está mejor dotada -es más, puede hasta hacer peligrar su vida-.

Pero cuando la mujer logra mantenerse fuerte ante el Animus, en vez de permitirse ser devorada por él, este ya no sólo deja de ser una amenaza sino que se convierte en un poder creativo. Nosotras necesitamos este poder pues, por extraño que parezca, solo cuando esta entidad masculina se integra como parte del alma y lleva a cabo su función, se nos hace posible ser realmente mujeres en el sentido más elevado, y al mismo tiempo, ser nosotras mismas y cumplir con nuestro destino individual.